21 de marzo de 2012

No te rindas… aprende a luchar


Autor: Gerardo de Jesús Buitrago Ballesteros


¿Cuántas veces te has quejado del dolor, crees que tu dolor es insuperable y quieres que se te trate como a víctima de grandes desastres? ¿Cuántas veces te crees vencido porque ya no puedes realizar algo que te gustaba, y crees que se te cae el mundo encima?
        
Te estás olvidando de aquel cuento sobre el hombre que en un accidente perdió uno de sus brazos. Ya no era recibido en el trabajo que tenía por su discapacidad. Llegó al borde de la desesperación. Pero un día, mientras descansaba en un parque, vio a una señora con un niño en brazos. El niño con su alegría e inocencia le pide a su mamá que lo deje en la arenera para poder jugar. Y ¡oh sorpresa! mientras la mamá lo deposita en el arenero, se deja entrever por la cobija que el niño carecía de los dos brazos. A pesar de esto, aún tenía el amor de su mamá y la alegría sincera del corazón de un niño. Al ver todo esto, el hombre escuchó en su interior: “Las espinas duelen cuando se pisan, no cuando se besan”.

         Ya te puedes dar cuenta de la profundidad del dolor humano, que te puede hacer olvidar todo y a todos, para hacernos centrar en nosotros mismos. El hombre, en esas circunstancias, cree que es mucho más lo que ha perdido que todo lo que le queda. Pero no todos los dolores son así. Hay dolores que se ofrecen y dolores que hacen crecer.

         Reflexiona un momento ¿qué harías si gozas de la vitalidad, la alegría que tenías a tus dieciocho años? Juegas en un equipo de baseball, tienes éxito, pero cierto día comienzas a tener molestias en la rodilla. Vas con el médico, y descubre que tienes un cáncer en tu rodilla, y que no podrás pisar el campo de juego nunca más. Eso si te queda tiempo de vida para hacerlo ¡El baseball era tu vida! ¡Tu futuro se basaba en él!

         Pues bien, pregúntaselo a aquel joven a quien Peter Jackson conoció durante el rodaje del Retorno del Rey, y que le abrió su corazón para que escuchara sus anhelos desde chico. Peter decidió ayudarle, pues el segundo sueño de su vida era ser cineasta. Desde niño, y con la ingenuidad de tal, grababa y escribía los guiones de sus guerras y rescates que tanto le apasionaban. Cameron Duncan, ése era su nombre, quiso plasmar en dos videos el dolor que surcaba su alma en esos momentos. Momentos en los que otros muchos habrían tirado la toalla.

         Después de la quimioterapia, y de tiempo de recuperación, pareció que el cáncer lo dejaba – lo dejaba sí, pero para luego regresar con la fuerza necesaria para dar la estocada final –. En esos dos meses, rodó dos videos en los cuales, con la profesionalidad de un director, dejaba impresa su experiencia personal de dolor. Una cárcel sin puerta, de la cual él no podía salir: y ésta era su cama en el hospital.

Pero el dolor lo soportaba, no con fines personales, sino motivado por aquellas personas que se encontraban a punto de morir, a causa de no tener quién les donase un órgano. ¡Qué gran corazón el de aquel que sumido en agonía, piensa en el dolor ajeno!

Durante el rodaje del  último video regresó el cáncer. Hizo metástasis, llegó al pulmón y se lo perforó. Cada día le oprimía más, hasta que los médicos se vieron en la necesidad de confesar su impotencia. Le dicen lo que nos da escalofrío de solo escucharlo: ese “te quedan pocos días de vida” que no deja lugar para otra cosa que las lágrimas.

El cáncer lo consume, pero con su vida nos deja un testamento, tan parlante, que nos enseña a no contentarnos con lo alcanzado; a luchar pues tenemos la oportunidad, a darnos cuenta de aquello que dice el P. Martín Descalzo: “Si nos cortan las alas, podemos caminar. Si nos cortan las piernas, nos arrastramos. Cuando las fuerzas no nos dejen arrastrar, podemos sonreír. Y cuando no podamos sonreír, pues el dolor nos abruma, podemos soñar; y esas alas nuevas no nos las puede quitar nadie, porque son una nueva manera de volar en esperanza”.

Nunca pierdas la esperanza. Nunca te rindas, aprende a luchar.

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