21 de abril de 2012

Ante una pregunta

Autor: Fernando Pascual

Leo un texto. Salta a la vista una pregunta. No hay respuesta. La mente empieza a trabajar.

¿Por qué hay ocasiones en que las preguntas estimulan tanto? Quizá porque el tema interesa. Otras veces, porque el que lanza la pregunta es un amigo necesitado, o un conocido que cuestiona algo que para mí es importante, o simplemente alguien que quiere “retarme” para ver hasta dónde puedo llegar en las respuestas.

Ante una pregunta, el corazón empuja a la mente a la búsqueda de soluciones. Abro libros. Uso buscadores en Internet. Llamo quizá a un conocido que es “experto”. Estoy en camino.

La situación se hace dramática cuando no aparecen senderos para resolver la duda. Existen tantos puntos oscuros, misteriosos, en el mundo de la ciencia, de la historia, de la psicología, de la medicina, de la política, de la religión...

La pregunta ha quedado allí, sobre la mesa. Quizá brilla todavía en la pantalla de un mensaje electrónico. No podemos quedarnos pasivos ante ella: alguien busca, alguien pide, alguien desea una ayuda. Quizá ese alguien tiene la respuesta, pero al menos desea estimular a quienes le escuchamos.

Es el momento de pensar, de buscar, de emplear tiempo y energías en la búsqueda de respuestas. Causa inquietud no poder dar con la salida a la oscuridad de una duda. Sentimos temor al suponer que a veces nos conformamos con pseudorespuestas engañosas. Deseamos arribar a un puerto seguro y firme, el de respuestas verdaderas o, al menos, cercanas a lo más exacto.

Has formulado una pregunta. Has clavado un aguijón en mi alma. Si quieres, juntos nos ponemos en camino para buscar respuestas: también necesito que me ayudes. Avanzamos así, poco a poco, hacia verdades, con el corazón anhelante de salir de dudas y de alcanzar certezas buenas.

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