19 de septiembre de 2012

¿Dios puede mandar algo malo?

Fernando Pascual

Pensar que Dios pueda haber ordenado algo malo e injusto provoca una reacción de sorpresa, incluso de rechazo y de lejanía, hacia ese supuesto “mandato divino”.

Decir, por ejemplo, que Dios habría ordenado (según algunos jefes religiosos) la matanza de prisioneros, la lapidación de los adúlteros, el exterminio completo de algún pueblo, el sacrificio de víctimas humanas, es algo que resulta inaceptable e injusto.

¿Por qué vemos como inaceptables esos supuestos mandatos divinos? Las respuestas son diferentes según se adopte una perspectiva atea o una perspectiva teísta.

Veamos, en primer lugar, la posición atea. Quienes no creen que exista ningún Dios, juzgarán estas “órdenes divinas” como simples imaginaciones o engaños humanos, quizá surgidas por alguna enfermedad psicológica, por malicia o por graves errores individuales o de grupo.

Para un ateo, la persona que cree que Dios le ordena el sacrificio de un hijo estaría incurriendo en un grave error que podría originarse desde prejuicios, engaños, manipulaciones u otras causas similares.

En la perspectiva atea, también los mandatos divinos “buenos” que encontramos en las religiones (no hacer daño al inocente, respetar la vida, promover la asistencia a los pobres y enfermos) no tendrían ningún apoyo en dioses que no existen. Serían simplemente modos humanos para expresar y potenciar reglas éticas correctas, que podrían mantenerse en pie también sin tener que suponer la existencia de una divinidad que diese mandamientos positivos y buenos.

Parece lógico que una persona, desde su posición atea, se escandalice al ver cómo un creyente considera mandamiento divino algo absurdo. Pero escandalizarse por eso resulta un poco extraño, si uno es coherente con el propio ateísmo.

¿Por qué? Porque pensar que Dios haya mandado algo malo implicaría la reunión de dos errores. Uno, ético, al pensar que es bueno lo malo (pues los creyentes piensan que Dios ordena cosas buenas, de lo contrario no le obedecerían). Otro, filosófico, al creer que una realidad no existente (Dios no ocupa ningún lugar aceptable en el horizonte del pensamiento ateo) habría ordenado algo equivocado.

En otras palabras: pensar que Dios habría mandado algo malo no debería ser un verdadero escándalo para el ateo, pues es algo parecido a decir que los minotauros de Creta (realidades que no existen) desean comer carne humana. El único escándalo, o motivo de pena y de compasión, sería reconocer que existen personas que se autoengañan al pensar que existe un ser que no existe (Dios), y que además ordenaría realizar algo malo.

Otros afrontan esta temática desde la aceptación de la existencia de uno (o varios) seres supremos: existiría un Dios (o muchos dioses), que se podrían relacionar de maneras distintas con los seres humanos y que serían capaces de dar mandatos.

En la perspectiva teísta, creer que Dios mande actos que consideramos injustos no puede ser aceptado. Porque quienes piensan que Dios existe, también afirman (o deberían afirmar) que Dios se caracteriza por su bondad, por su justicia, por su perfección. El modo de ser de Dios excluiría por completo cualquier actitud o mandato que buscase causar daños a seres humanos inocentes, pues Dios sólo podría ordenarnos hacer cosas buenas.

En ese sentido, tendría una cierta razón de ser el escándalo de los ateos: la idea de Dios es incompatible con la idea de mal. Pero si Dios es sólo una idea, como piensa el ateo... En cambio, el creyente afirma que Dios existe, y así es claro que resulta escandaloso afirmar al mismo tiempo la existencia de Dios y el que pueda ordenar algo injusto.

Es legítima, entonces, la pregunta de los creyentes: ¿cómo es posible que haya personas religiosas que admitan la esclavitud de razas distintas, la opresión de la mujer, la supresión de hijos, el terrorismo sobre civiles desarmados, como si fuesen órdenes impartidas por Dios?

La explicación de tales fenómenos nos llevaría a admitir que hay quienes entienden la religión de modo erróneo, pues piensan como mandato divino lo que en realidad es simplemente una idea humana, muchas veces injusta, arbitraria, llena de malevolencia.

En otras palabras, hemos de reconocer que Dios no puede actuar fuera de los parámetros de la bondad, de la justicia, de la racionalidad. Un Dios arbitrario y opresor, que pida venganzas, que se complazca en la sangre de inocentes, que aplauda el acto de un fanático que se suicida en nombre de su religión, que exija la fe incluso a través de la violencia, no puede existir: sería lo contrario de Sí mismo.

Benedicto XVI ilustró esta idea al citar a Manuel II Paleólogo en el discurso dirigido al mundo de la cultura durante su segundo viaje a Alemania (Ratisbona, 12 de septiembre de 2006):

“Dios no se complace con la sangre; no actuar según la razón (syn logo) es contrario a la naturaleza de Dios”.

La mente de Dios, que puede hacerse asequible a través de revelaciones y de milagros, está perfectamente en armonía con un orden de bondad y de belleza que nos lleva a excluir cualquier forma de violencia arbitraria y de injusticias.

Los verdaderos mandatos de Dios, por lo tanto, no pueden ir contra la exigencia del bien, sino que nos orientan hacia el mismo. Reconocerlo será uno de los mejores medios para discernir entre lo que pueda venir de Dios y lo que sea simplemente el resultado de un planteamiento humano (con sus límites, con sus aciertos y con sus errores).

Por eso, la apertura de los corazones a la bondad conduce al encuentro con el verdadero Dios, que no puede ser ni arbitrario ni enemigo de nuestra felicidad. Lo explicaba el Papa Benedicto XVI al hablar a los jóvenes durante su viaje a Brasil (9 de mayo de 2007).

“Estar abierto a la bondad significa acoger a Dios. Así, Él nos invita a ver a Dios en todas las cosas y en todos los acontecimientos, inclusive ahí donde la mayoría solo ve la ausencia de Dios; viendo la belleza de las criaturas y constatando la bondad presente en todas ellas, es imposible no creer en Dios y no hacer una experiencia de su presencia salvífica y consoladora. Si lográsemos ver todo el bien que existe en el mundo y, más aún, experimentar el bien que proviene del propio Dios, no cesaríamos jamás de aproximarnos a Él, de alabarlo y agradecerle. Él continuamente nos llena de alegría y de bienes. Su alegría es nuestra fuerza”.

Los mandatos de Dios no son, por lo tanto, el resultado de opciones arbitrarias y misteriosas, sino parte de un proyecto de Amor y de Belleza. Al reconocer de modo adecuado el querer divino y al esforzarnos por vivir los mandamientos, permitimos que el bien y la justicia progresen en el mundo.

Vale la pena recordarlo, para apartarnos de todo aquello que no es más que deformación de la religión y para abrirnos a la auténtica experiencia de quienes acogen y siguen al Dios de la Verdad y del Bien en el camino de sus vidas.

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