21 de septiembre de 2012

Sobre las utopías políticas

Autor: Navegando entre ideas

En el capítulo 9 de su obra “Evangelio y utopía”, el P. José María Iraburu explica cómo resulta errado considerar que la política puede llevar a la perfección de los seres humanos. He aquí sus palabras:

“Se equivocan profundamente los hombres idealistas cuando ponen su esperanza de perfección en la política; y se ven necesariamente defraudados. La política no puede conducir a la perfección humana comunitaria. No puede conseguir esto una acción política apoyada, de un modo u otro, en una mayoría en la que predomina la sensualidad y la imprudencia. Los políticos democráticos, concretamente, saben bien que el pueblo es ignorante y egoísta, como suelen serlo ellos mismos; pero le hablan como si fuera esclarecido, infalible y noblemente altruísta. Todos ellos se sumergen para conseguir el poder o sus propios intereses en el baño de una mayoría que saben mediocre, y que tratan de manipular por todos los medios. Todos saben que el pueblo, convenientemente manipulado, preferirá a Barrabás antes que a Cristo, y reclamará la muerte del justo «a grandes voces» (Mt 27,23).

Cuando Platón explica por qué los sabios se abstienen de los negocios públicos, acude a este símil. Un sabio observa cómo en la calle la multitud se empapa bajo una tremenda lluvia. Por un momento piensa en salir de casa para persuadir a la gente de que se ponga a cubierto. Pero renuncia al intento, considerando que si la multitud aguanta bajo la lluvia, ello indica su estupidez, y que esa insensatez hace prever que rechazarán el consejo razonable. Decide, pues, no ir a mojarse con ellos inútilmente, y se queda en casa (República VI,496). Viene a ser la actitud de Tomás Moro en la Utopía.

Algunos han pensado que un fuerte principio aristocrático, unas pocas personas, un líder carismático, un partido mesiánico, podría llevar a la perfección social. Hoy, sin embargo, después sobre todo de las experiencias sufridas en el siglo XX, casi nadie cree en las posibilidades perfectivas de la política utópica. Sus programas de acción, para poder ir adelante, implican una dosis terrible de coacción social, una restricción intolerable de la libertad cívica de los individuos. Y los cambios sociales y culturales que por esa vía se obtienen desaparecen rápidamente en cuanto cesa la coacción violenta; como si se hubiera escrito con el dedo en el agua. Nihil violentum durabile. Solamente la comunicación de un espíritu nuevo puede renovar las personas y traer consigo comunidades e incluso sociedades realmente nuevas.

No. La perfección, al menos en términos relativos, puede ser pretendida con esperanza en el empeño personal ascético y en el intento comunitario utópico; pero en la tarea social política, fuera de coyunturas históricas excepcionales, y aún entonces, no puede aspirarse a la perfección, sino a reducir el mal y a acrecentar el bien lo más posible, y a crear un orden de convivencia estable, en el que, eso sí, puedan florecer libremente las perfecciones personales y comunitarias”.

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