18 de noviembre de 2013

Debates con derrotas múltiples

Autor: Fernando Pascual

En los debates ocurre de todo: aplausos, aburrimiento, emoción, apatía, buen humor o críticas amargas.

Pero en pocos debates, muy pocos, quizá en ninguno, ocurre que un expositor dice al otro: “Me has convencido. Estaba equivocado pero ahora veo claramente que tú decías la verdad”.

Lo que sí suele ocurrir en muchos debates es que los dos se autoproclamen “vencedores”. Repiten, tras la contienda verbal, que sus argumentos eran mejores, que el otro no supo responder a las objeciones, que la gente notó la propia superioridad y lo hizo ver en los aplausos, en las llamadas por teléfono o en internet...

En realidad, sólo hay un tipo de victoria auténtica en un debate: cuando la discusión termina en el reconocimiento de la verdad. Si eso ocurre, uno de los expositores habrá dejado su punto de vista para adherirse a la verdad expuesta por el “contrincante”. O, lo cual también es posible, los dos descubrirán que estaban equivocados y que había una verdad que hasta ese momento no conocían y que llegaron a descubrir gracias al diálogo.

El hombre es un mendigo de verdades. Al buscarlas, no siempre encuentra lo que anhela el corazón. Incluso muchas veces se pierde por prejuicios, por presiones sociales, por “lavados de cerebros” silenciosos, llevados a cabo de modo sistemático por algunos medios de comunicación social.

La sed de lo verdadero queda adormilada, muchas veces, ante el dominio de las opiniones de moda y la apatía de quien busca siempre lo más cómodo. Porque es más fácil leer el horóscopo que estudiar un libro serio de filosofía. O porque resulta más agradable un programa de variedades que esa reflexión ante las preguntas esenciales: sobre el origen de la vida, sobre su sentido, sobre su meta profunda.

Mientras, los debates se suceden. Son de un interés especial cuando discuten en público ateos y creyentes y tocan los temas esenciales, los que más necesitan nuestros corazones. Muchas veces esos debates terminan en una derrota completa. Porque no puede ser victoria el que uno de los contrincantes (tal vez los dos) siga en sus errores y no haya sido capaz de vislumbrar una verdad más grande, más hermosa y más fuerte que las opiniones variables de los hombres y las modas baratas de sociedades que prefieren lo brillante y no lo verdadero.

Cuando se apagan los reflectores, cuando llega el momento de quitarse las máscaras y los zapatos, es posible que reaparezcan preguntas profundas. Quizá las respuestas verdaderas empiezan a vislumbrarse en la mente de alguno de los participantes en el debate. Y no faltará una pena profunda en quien no ha sido capaz de ayudar a aquel “contrincante” que vive en medio de oscuridades o de opiniones engañosas, pero que anhela, como cada corazón sincero, no el brillo pasajero de una opinión falsa, sino la riqueza magnífica de la verdad que une a los hombres y los lleva hacia lo eterno.

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