23 de diciembre de 2013

El día en que el mundo cambió

Autor: Santiago Kiehnle
Dios vino a la tierra y no podía pasar desapercibido, el mundo no podía seguir igual. Su venida parte la historia en dos: ante de Cristo y después de Cristo. Del mismo modo debe partir la vida de cada hombre en dos: su vida antes de Cristo y después de Cristo. Éste fue el caso de los Magos, que nos pueden servir como ejemplo para comprender mejor el sentido de la Navidad.
Hoy hay en el mundo un vacío existencial en general. Hay muchas personas que no encuentran sentido a su vida, y esto es porque no han conocido a Dios o no lo han dejado entrar en sus vidas, no han hecho la experiencia personal de su amor. Claro que esto requiere esfuerzo, requiere salir de uno mismo, como lo hicieron los magos, emprender una nueva aventura, incluso por momentos perderse, dejarse orientar por otros, pedir indicaciones, pero sobre todo es necesario estar a la búsqueda y ser conscientes de ello.


Los magos no se pusieron a la búsqueda porque hubieran visto una estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto a la búsqueda. Llevaban ya tiempo esperando y buscando una señal, pero lo hacían sin prejuicios, abiertos a recibir la señal que Dios les quisiera dar, y no la que ellos quisieran que Dios les diera, como hacían los sumos sacerdotes y los escribas.
Cuando Herodes los convoca y les pregunta  sobre el lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel» (Mt 2, 5-6).
Conocían a la perfección las escrituras, sabían que el Mesías estaba por llegar, incluso sabían dónde iba a nacer, pero no lo supieron reconocer. De ellos diría San Juan: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 11,1). Y es que como dice Fulton Sheen: «El conocimiento de la mente de nada aprovecha, a menos que vaya acompañado de la sumisión de la voluntad y de la acción correcta». De nada sirve conocer teóricamente a Jesús si eso no produce un cambio un mi vida, en mi forma de pensar, en mi forma de actuar, de nada me sirve conocerlo con la mente si no lo acojo en mi corazón.
Dios sabe que somos seres sensibles y necesitamos poder tocar algo, poderlo ver, para poderlo amar, por eso se hace hombre y asume un rostro, un cuerpo, una apariencia, para que lo podamos amar. Por eso se queda en la Eucaristía, para que podamos tener un contacto incluso material con Él. Ya no sabe que más hacer para que nos dejemos amar, porque eso es lo único que busca de nosotros, que nos dejemos amar, a pesar de que no lo merezcamos.
Cristo no es sólo un personaje histórico, es un ser personal, vivo, real, con quien puedo tratar y a quien puedo encontrar en cualquier momento. Está siempre disponible para nosotros en la Eucaristía y también en la oración. Es mi amigo, mi compañero de vida y está siempre presente en cada paso que doy, a pesar de que no lo vea, y busca un lugar en mi corazón.
De nuevo nos dice Fulton Sheen: «El que había nacido en Belén vino a nacer en los corazones de los hombres. Porque, ¿de qué habría servido que hubiera nacido mil veces en Belén, si no naciera de nuevo en el hombre?... Nadie que alguna vez se encentre con Cristo con buena voluntad emprenderá el regreso por el mismo camino por el cual llegó».
Éste es el verdadero sentido de la Navidad: la conversión del corazón. Esto fue lo que le pasó a los magos, se encontraron con Cristo y se dejaron transformar, por eso «se retiraron a su país por otro camino» (Mt 2,12). Nunca un llanto había sido tan esperanzador como el que se escuchó aquella noche en una cueva de Belén. El mundo había cambiado, la historia se partió en dos, nuestra vida ya no sería igual; Dios vino al mundo, y vino para quedarse.

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