Autor: Fernando Pascual
La prudencia orienta, guía, ilumina, promueve el bien. Ayuda a comprender mejor las situaciones. Pone ante nuestros ojos dificultades y peligros. Recuerda hechos del pasado para evitar errores en el futuro.
Por
eso es tan importante a la hora de hablar y de actuar. Una persona prudente
mide sus palabras, las sopesa seriamente. Sobre todo si tiene alguna función
pública y está llamada al servicio de los demás.
Entre
los enemigos de la prudencia están la precipitación y la falta de
consideración. Sobre la segunda, santo Tomás de Aquino indica lo siguiente:
“Por eso mismo, la falta de juicio recto es propia del vicio de inconsideración cuando se produce por desprecio o por descuido en prestar atención a lo que reclama la rectitud adecuada del juicio. Resulta, pues, evidente que la falta de consideración es pecado” (Suma de teología, II-II, q. 53, a. 4).