Autor: Fernando Pascual
Resulta difícil definir qué sea la salud. Porque muchas veces comprendemos la salud como ausencia de enfermedad, y porque la enfermedad es como algo negativo, doloroso, un obstáculo a los propios deseos personales.
Existen, sin embargo, enfermedades que ayudan a crecer en dimensiones importantes de la vida humana. Porque permiten dejar el egoísmo y abrirse a los demás, porque llevar a descubrir un cariño grande en muchos profesionales de la salud, familiares, amigos, porque nos recuerdan que esta vida no lo es todo.
Otras
veces la enfermedad se vive como un drama, un fracaso, una ruptura. Los
proyectos quedan, por un tiempo o definitivamente, en el cajón. Las atenciones
y las energías se concentran en la búsqueda de la deseada salud. Cuando la
derrota es inevitable, sólo queda la posibilidad de atender y acompañar al
enfermo en su proceso lento, continuo, hacia el desenlace final, hacia la
muerte.
Es
legítimo trabajar por la salud, cuidarla, promoverla, recuperarla. Es justo
crear estructuras y sistemas sanitarios que lleguen a todos, niños, adultos o
ancianos. Es urgente mantener e incrementar la capacitación del personal
sanitario en todas sus dimensiones (científica, médica, humana, social) para
una mejor atención a los enfermos.
Todo
ello es parte de un correcto esfuerzo por la salud. Pero no podemos mirar con
indiferencia cómo algunos usan la palabra salud para promover leyes o
comportamientos que van contra el respeto a valores fundamentales del ser
humano, o que se convierten en motivo para vivir de modo incorrecto.
Por
eso causa sorpresa ver cómo el uso de fórmulas como las de “salud sexual” y
“salud reproductiva” se convierte en excusa para promover la promiscuidad
sexual, o el libertinaje, o la falta de verdadera educación entre los
adolescentes respecto de los principios básicos para una buena vida. Causa,
sobre todo, pena, ver el uso de esas fórmulas como puerta de acceso para la
difusión de anticonceptivos y para la legalización del aborto, un acto que
acaba con la vida de un ser humano inocente, como si tales medidas fuesen
medios legítimos para lograr la “salud”.
Nunca
será correcto eliminar a un hijo bajo la excusa de trabajar por el bien y la
“salud” de la madre. Lo correcto, lo que todo pueblo civilizado necesita, es
una atención completa y justa a todas las mujeres que han empezado a ser
madres, para que a lo largo del embarazo y después del parto puedan conservar
su salud y la de sus hijos, hijos que merecen nacer en un clima de respeto y de
amor sincero.
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