Autor: Fernando Pascual
Conocemos muchas cosas. Desconocemos otras. En ocasiones, pensamos que conocemos lo que en realidad desconocemos.
En la vida de cada uno se mezclan conocimientos y desconocimientos. Sé
la clave de la computadora. No sé cómo se llama el vecino, ni sé si mañana hará
buen tiempo.
Según lo que conocemos y lo que desconocemos, tomamos nuestras decisiones. A veces, con mayor seguridad: lo que conocemos es suficientemente válido como para inspirar confianza. Otras con dudas, o con temor: faltan datos para tenerlo casi todo bajo control.
Es cierto que algunos desconocimientos pueden generar miedo, angustia,
incertidumbre. No sabemos cómo irán las cosas en política, o en economía, o en
salud pública en los próximos meses. Eso nos inquieta, incluso lleva a ciertos
estados de angustia.
Pero por más que nos esforcemos, nunca lograremos un perfecto
conocimiento de todas las cosas. Como tampoco será posible evitar ese peligro,
ya denunciado por Platón, que surge cuando creemos conocer algo que realmente
no conocemos...
Para una vida sana, hay que aceptar que una dosis de desconocimientos
es inevitable: forma parte de la vida, deja espacios a eso que, erróneamente,
llamamos buena o mala suerte.
Por ello, aunque haya tantos cabos sueltos, saldremos de casa e iremos
al trabajo. Tal vez se retrase el autobús o haya un pasajero que nos infecte
con un virus... Pero ¿era posible conocer con seguridad que iba a ocurrir esto
o lo otro?
Como no tenemos una certeza plena sobre todo, y como cada momento exige
que tomemos decisiones, hemos de aprender a convivir con nuestros
desconocimientos. No resulta fácil, pero es algo parte de la vida.
Lo que luego ocurra, dependerá en buena parte del uso adecuado de lo
que conocíamos, de la sana prudencia ante lo que desconocíamos, y de la
providencia de un Dios que guía la historia de cada uno por caminos
desconocidos para nosotros, pero siempre (y eso lo sabemos con certeza)
protegidos por su Amor de Padre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario