Autor: Fernando Pascual
En muchos asuntos humanos existe el peligro del exceso, que es un tipo de vicio. También en el tema de las asambleas y reuniones, con un exceso que podemos llamar “asambleitis”.
¿En qué consiste? En una tendencia a multiplicar,
fijar y promover continuamente asambleas, y más asambleas, y más asambleas.
Asambleas para analizar un problema. Asambleas para resolverlo. Asambleas para ver cómo marcha la aplicación de las soluciones. Asambleas para encontrarse y sentirse parte de una institución. Asambleas para normar cómo deben funcionar las asambleas. Asambleas, asambleas, asambleas...
La asambleitis surge de algo bueno: es conveniente
que un grupo humano tenga momentos para reflexionar y decidir juntos. Entre
todos, especialmente cuando hay buena voluntad y ponderación en las
reflexiones, se ve mejor cada asunto y se analizan con más perspectivas las
distintas posibilidades de acción.
Pero eso bueno, llevado a un exceso, se convierte
en un daño. A base de multiplicar asambleas, el tiempo se desparrama en
discusiones mientras quedan de lado asuntos urgentes que requieren
intervenciones inmediatas, o asuntos normales que también necesitan su tiempo.
Además, cuando se incurre en el vicio de la
asamblea por la asamblea, es fácil que algunos se acostumbren a fomentar grupos
de presión para “secuestrar” y dirigir a la mayoría hacia sus planes
prefijados. ¿No era esa una de las tácticas favoritas de activistas políticos
en un pasado no muy lejano, si es que no ocurre también en un presente poco
conocido?
Por eso, frente al deseo de algunos de tener
asambleas y más asambleas, como si el tiempo fuese elástico, hay que adoptar
una actitud realista y serena que dé a este tipo de actividades su puesto, pero
sin excesos.
Las reuniones y las asambleas no deben convertirse
en una excusa para la inacción ni en instrumentos manipulados por algunos para
imponer su agenda a otros. Sólo llegarán a ser algo sano y provechoso si, con
medida, se tienen de modo oportuno y ordenadamente. Así servirán como ayuda
para la acción, desde la apertura de corazones y la escucha a quienes, con
experiencia y perspicacia, iluminan a los otros en vistas a comprender mejor la
realidad y a tomar buenas decisiones.
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