Autor: Fernando Pascual
“No hay nada más misterioso que un recién nacido”. Así se expresaba un
novelista contemporáneo frente al conjunto de llantos y balbuceos que
observamos en todo bebé en sus primeros momentos de “vida pública”. Queda atrás
la experiencia misteriosa, vivida a solas con la madre (pero no sin la
participación del padre), de los nueve u ocho meses de embarazo. Lo que está
claro es esto: si antes la madre era la gran protectora, incluso de un modo
pasivo o inconsciente, del desarrollo fetal, ahora entran en juego más
personas, más vientos, más virus, más alimentos, más amores y... más peligros.
La vida de todo hombre y mujer se desarrolla, durante muchos meses y años, bajo la mirada atenta de familiares, educadores, vecinos, amigos. El niño descubre nuevos rostros, nuevos juguetes, animales simpáticos o peligrosos, cajas que esconden misteriosos tesoros o televisores con imágenes que se mueven a una velocidad incontenible, juegos electrónicos divertidos y realidades crudas, difíciles, incomprensibles. Así van pasando los días, los meses, los años. Si el ambiente es sano y lleno de cariño, ayudará al crecimiento de un niño física y psicológicamente normal. Si el ambiente, en cambio, está lleno de conflictos, discusiones, peleas, castigos injustificados, subalimentación, engaños, recriminaciones continuas, sufrirán la mente y el corazón del hijo que quiere adaptarse de la mejor manera posible a la vida familiar, pero que no puede hacerlo bien por los defectos de una atmósfera dañina a su propia formación.
Desde luego, todos los padres y madres buscan ofrecer a sus hijos lo
mejor, pero no siempre dan en el blanco. Hoy será un despiste respecto de la
hora de dar el biberón. Mañana será el dejar encendida la televisión con un
programa inconveniente para la psicología de un niño demasiado pequeño. Otro
día será una pequeña discusión entre los papás en presencia de ese pequeño
habitante de casa que todo lo ve y que capta mucho más de lo que podamos
imaginar...
La acción pedagógica más correcta es aquella que toma las decisiones
desde una posición de amor, de cariño, de respeto. Un niño puede tener padres
exigentes que lo aman, y, por ese amor, la exigencia será más humana y el hijo
tendrá más facilidad en aceptarla. Un niño puede tener padres “bonachones” y
permisivos, pero carentes del verdadero afecto que se preocupa y que sigue los
pasos de su pequeño (y del hijo que ya empieza a crecer): esa libertad que
recibirá el niño y adolescente, fuera de un contexto de amor, dañará su
psicología y facilitará los vicios y desorientaciones que luego lamentaremos
toda la vida.
Así que la receta en esto, como en todo, consiste en el amor. El amor
indicará, en cada momento, si conviene ahora una cara severa o una sonrisa de
comprensión y de perdón. El amor sostendrá el mundo interior que el niño, como
el adulto, forma y desde el cual cree que vale la pena vivir. El amor, en
definitiva, será la única fuerza que sostendrá a quien será un día un hombre o
mujer joven y responsable, en la hora del dolor y de la traición, para seguir
luchando, pues quien ha sido amado sabe que tiene mucho que amar. Y que hay
poco tiempo para hacerlo...
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