Autor: Fernando Pascual
Tocamos continuamente la lucha entre el bien y el mal. En la familia y en el trabajo. En la ciudad y en el Estado. Entre amigos y con desconocidos.
Esa lucha penetra también en
lo más profundo de mi corazón. A veces opto por el bien: soy generoso, perdono,
fomento la paciencia, me comprometo a ayudar a familiares, amigos y conocidos.
Otras veces elijo el mal: busco sólo mis intereses, me dejo atrapar por la
avaricia, envidio a quien parece tener éxito, daño con mi lengua a cercanos o
lejanos.
Se trata de una lucha que recorre toda la historia humana, y que llegó a niveles inauditos durante la vida de Cristo: el Maligno en persona tentó al Maestro, y desencadenó odios que llevaron al drama del Calvario.
Pero la última palabra de la
historia humana queda en manos de Dios, que es bueno, omnipotente,
misericordioso. La esperanza, desde entonces, es la palabra clave para la vida
del cristiano.
En medio de la lucha, ante las
tentaciones de cada día, necesitamos mirar hacia un crucifijo para aprender el
camino que lleva a la victoria: humildad, total obediencia al Padre, perdón,
entrega hasta el heroísmo.
Tenemos, además, la presencia
de una Madre. Ella está cerca de los hijos. Ella nos indica el camino que lleva
a Cristo. Ella nos da un ejemplo maravilloso de escucha y acogida de todo
aquello que Dios pueda pedirnos.
A la Virgen María san Juan
Pablo II dirigió una emotiva oración ante los males del mundo, que necesitamos
recordar en medio de la lucha que vivimos en nuestros días.
“¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos
a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de
los hombres de hoy y que con sus efectos inconmensurables pesa ya sobre la vida
presente y da la impresión de cerrar el camino hacia el futuro.
¡Del hambre y de la guerra,
líbranos!
¡De la guerra nuclear, de una
autodestrucción incalculable y de todo tipo de guerra, líbranos!
¡De los pecados contra la vida
del hombre desde su primer instante, líbranos!
¡Del odio y del envilecimiento
de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!
¡De toda clase de injusticias
en la vida social, nacional e internacional, líbranos!
¡De la facilidad de pisotear
los mandamientos de Dios, líbranos!
¡De la tentativa de ofuscar en
los corazones humanos la verdad misma de Dios, líbranos!
¡Del extravío de la conciencia
del bien y del mal, líbranos!
¡De los pecados contra el
Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos!” (Juan Pablo II, 25 de marzo de 1984).
Estamos en una lucha a muerte.
Cada derrota implica un avance del pecado en nuestra historia. Cada victoria
abre el mundo a Dios y aumenta el amor hacia el hermano.
En este momento decido.
Necesito ayuda, desde una súplica humilde a Cristo y a su Madre para que la
gracia triunfe en más y más corazones, también en el mío...
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