Autor: Fernando Pascual
Nos gusta poder ayudar a otros. Significa que tenemos sensibilidad, que
percibimos el dolor y las necesidades ajenas, que contamos con fuerzas para dar
una mano.
Quizá nos cuesta dejarnos ayudar, porque ello implica reconocer que
estamos necesitados, que los problemas son superiores a nuestras energías, que
nos encontramos cansados o enfermos.
Dejarse ayudar, sin embargo, tiene aspectos positivos. Por un lado, porque captamos algo que todos, también los que parecen más afortunados, necesitamos descubrir: la vida es siempre algo frágil.
Por otro lado, porque al abrirnos a la ayuda de otros reconocemos
nuestra confianza en la bondad humana. La habíamos experimentado tantas veces
en nuestra infancia, sobre todo a través de los padres. La experimentamos
continuamente en accidentes, enfermedades, estudios, trabajos, arreglos en la
cocina...
Sí: a nuestro lado hay mucha gente buena, que percibe nuestras
flaquezas, que ofrece un consejo para apartarnos del mal camino, que nos deja
unos billetes (sin intereses) para salir adelante en un aprieto económico.
Son hombres y mujeres que nos cuidan en los hospitales, que nos
protegen en la calle como policías (con frío y con calor), que nos llevan al
destino como conductores de metro o de autobuses, que nos indican cómo llegar
al ayuntamiento.
Al dejarnos ayudar por tanta gente buena, superamos la pena de quien
pide al constatar el alivio que surge al vernos apoyados, acogidos,
acompañados, cuidados, incluso a costa del riesgo de contagiar con nuestra
gripe a quien nos visita durante las horas de fiebre.
Dejarnos ayudar por familiares, amigos, conocidos, vecinos, compañeros
de trabajo, facilita el que nuestros corazones se abran a la ayuda definitiva,
la única que puede perdonar pecados y superar el drama de la muerte: la que nos
ofrece Jesucristo, en nombre de Dios Padre, con la fuerza y el consuelo del
Espíritu…
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