Autor: Fernando Pascual
Nacer, crecer, conservarse. Luego, inicia el proceso de la propia
corrupción. Lo que empezó a vivir camina hacia su término.
Para evitar una corrupción precoz hace falta conservar la salud, evitar
lo que daña, consolidar lo bueno.
La corrupción destruye. No sólo a quien estuvo vivo. También a los
grupos, a las familias, a las naciones.
Porque la corrupción en los sanos principios éticos daña a las personas y a quienes están a su lado: no puede sobrevivir una sociedad cuando la ambición y la mentira penetran en los corazones.
Por eso es tan importante trabajar por evitar el inicio de proceso de
corrupción en la vida social. Todo esfuerzo por evitar sobornos, por desvelar
mentiras, por proteger las promesas justas, permite conservar la salud en las
familias, en las empresas, en los pueblos y ciudades, en los Estados.
Junto a la prevención, hace falta trabajar por promover la salud.
Premiar un comportamiento honesto, defender los compromisos matrimoniales,
ayudar a los grupos que trabajan por el bien común, defender a los hijos y a
sus madres antes y después del parto: son maneras concretas para vivificar un
grupo humano.
En un mundo donde tantos corruptos dañan a los cercanos y a veces a los
lejanos, se comprende la importancia de la honestidad y la decencia personal y
pública. Con mujeres y hombres íntegros, justos, solidarios, el mundo se
revitaliza.
A lo largo de la historia humana la corrupción ha provocado y provoca
daños terribles. Al revés, la vida recta de tantas personas sencillas y
trabajadoras construye, refuerza, sana y promueve relaciones buenas y aperturas
hacia Dios y hacia los demás, especialmente hacia los más necesitados de apoyo
y protección.

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