Autor: Fernando Pascual
La objetividad es una ley del periodismo moderno. Un periódico cree ser
objetivo si recoge los distintos puntos de vista sobre un tema, las
declaraciones de los representantes de partidos y religiones distintas, las
posiciones a favor o en contra de una idea, de un personaje, de un
acontecimiento.
Por ejemplo, inicia un escándalo contra un banquero. La prensa objetiva publica las acusaciones y la defensa, entrevista al acusado y a los acusadores, recoge las opiniones de los amigos y de los enemigos.
Muchos dirán que la objetividad es un valor positivo: si hay un hecho
importante, conviene recoger los distintos puntos de vista. Hemos de recordar,
sin embargo, que muchas opiniones nacen a partir de datos previamente
seleccionados por los mismos medios informativos. Esos datos suscitan
reacciones en la gente, y muchas veces la misma selección de datos ya ha sido
claramente orientada, preparada y manipulada en un sentido muy concreto.
Por eso, en el esfuerzo por parecer objetivos, se dan profundas
diferencias entre periódico y periódico. Un periodista que piense en la
inocencia del acusado organizará la información de forma que los lectores
queden con la impresión de que se trata de una calumnia bien montada. Un
periodista, en cambio, que desee dejar una fuerte impresión sobre la
culpabilidad del banquero, usará las técnicas comunicativas para que la gente
lo declare culpable antes de juicio.
Hemos de tener en cuenta, además, que detrás de cada periódico y medio
de difusión hay mucho dinero e intereses. Hace años, un propietario de un
periódico explicaba que obtenía más dinero por lo que no publicaba que por lo
que publicaba. En pocas palabras: recibía buenos “donativos” por callar ciertas
informaciones, por sepultar en el olvido noticias que podían dañar a grupos de
poder.
Otro modo de ganar dinero por parte de agencias informativas, canales
televisivos o de radio y periódicos consiste en publicar ataques a ciertas
personas o grupos. De este modo, estos medios entran en el dinamismo de las
luchas de poder, en las que un personaje importante puede perder su fama a raíz
de calumnias bien organizadas y lanzadas con gran difusión en los medios de
comunicación de masas.
Para no quedarnos en simples suposiciones, recordemos un ejemplo del
pasado. En México, durante una de las presidencias de Ignacio Comonfort (entre
1855 y 1858) fue promovida una campaña sistemática de prensa contra la Iglesia.
Los periódicos “informaban” continuamente sobre escándalos de sacerdotes y
religiosos. Los acusados buscaban en vano maneras para defender su fama: tenían
contra ellos una prensa controlada, en este caso, por políticos deshonestos.
En el presente las cosas no van mejor. Bastaría con recordar los
ataques continuos contra la Iglesia a partir de supuestos escándalos de los
sacerdotes. Algunos de ellos son considerados culpables por miles de personas,
incluso católicos, simplemente por la insistencia de los medios informativos en
repetir una y otra vez las acusaciones, incluso cuando ya los jueces han
dictaminado que un caso está cerrado o que faltan pruebas para iniciar el
proceso.
Al respecto, en una entrevista del 30 de noviembre de 2002, el entonces
cardenal Joseph Ratzinger declaraba: “También en la Iglesia los sacerdotes son
pecadores, pero estoy personalmente convencido de que la permanente presencia
de pecados de sacerdotes católicos en la prensa, sobre todo en Estados Unidos,
es una campaña construida, pues el porcentaje de estos delitos entre sacerdotes
no es más elevado que en otras categorías, o quizá es más bajo. En Estados
Unidos vemos continuamente noticias sobre este tema, pero menos del 1% de los
sacerdotes son culpables de actos de este tipo. La permanente presencia de
estas noticias no corresponde a la objetividad de la información ni a la
objetividad estadística de los hechos. Por tanto, se llega a la conclusión de
que es querida, manipulada, que se quiere desacreditar a la Iglesia. Es una
conclusión muy lógica y fundada”.
Sería injusto pensar que todo el mundo de la información funciona según
la lógica del dinero y del poder. Ha habido y hay periodistas honestos que no
se limitan a girar sólo en torno a temas impuestos y a acusaciones más o menos
plausibles pero en no pocas ocasiones completamente falsas. Ha habido y hay
periodistas que desean trabajar en favor de la justicia, defender los derechos
humanos, combatir males como el aborto o la eutanasia, promover la atención a
los marginados y emigrantes, dar su lugar en la vida social a millones de
ancianos que viven situaciones de olvido impropias de cualquier pueblo
civilizado.
Existe, sí, otro tipo de periodismo, más honesto y más completo. Quizá
“menos objetivo”, al no poder entrevistar a los artistas, políticos, pensadores
y escritores de turno que se prestan fácilmente a opinar sobre los escándalos
más famosos y que están poco interesados en crónicas sobre la vida sencilla de
millones de personas necesitadas de apoyo informativo.
Existe, pues, otra prensa, y hay que defenderla. Quizá el mundo de
Internet empieza a abrirse a nuevos tipos de información. Esperamos, además,
que cada vez más propietarios de medios masivos de comunicación entren en una
lógica que deja de lado la búsqueda del beneficio a cualquier precio para
difundir y “vender” noticias de calidad.
También la verdad vende, aunque al inicio nos cueste reconocerlo. Vende, sobre todo, porque promueve y defiende plenamente la dignidad del ser humano, porque sustituye escándalos absurdos con informaciones que salvaguardan virtudes y valores perennes.
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