Autor: Juan Gabriel Ascencio
Dejar caer cinco pesos en el sombrero viejo de un pordiosero aún más viejo, acercarnos al niño perdido que llora por la calle, devolver a su nido al polluelo caído del árbol, escuchar a la abuela que narra su primer encuentro con el abuelo ya difunto, visitar a la vecina que ha sido recién operada en el hospital. ¿Puede haber algo más auténticamente humano que esto que nos brota desde lo íntimo? El sello dorado de la naturaleza garantiza estos impulsos nacidos de los resortes más hondos del espíritu. Desde tiempo inmemorial estos actos fueron bautizados con el nombre de “compasión”, y en México hallaron una cuna materna para desarrollarse y arraigar entre todas las clases sociales y en todos los tiempos y latitudes.
Por ello hay que velar para que no le pase a la Compasión, un valor auténticamente humano, lo que le suele pasar a la leche: que nos la rebajen con agua, que grupos interesados hagan pasar por compasión lo que no es compasión, sino egoísmo cubierto de moños hasta las pestañas. Instrumentalizan nuestro natural instinto de compasión quienes promueven acciones contra la vida diciendo que “han actuado movidos por la compasión”. Resulta instructivo recordar que antes de recibir su título de “doctor muerte”, a Jack Kevorkian (1928-2011), el médico norteamericano que se enorgullecía de haber practicado más eutanasias, le encantaba hacerse llamar por sus entrevistadores “doctor compasión”.