13 de mayo de 2013

¿La Iglesia debe cambiar para “sobrevivir”?

Autor: Fernando Pascual

La advertencia llega una y otra vez: si la Iglesia católica no cambia se extinguirá.

La idea se construye desde diversos presupuestos. Uno de ellos consiste en creer que sólo perviven aquellas instituciones (también las religiosas) que se adaptan a los cambios sociales y culturales, pues resultaría imposible seguir adelante en contra de la mentalidad dominante.

Este presupuesto queda falsificado si recordamos los tres primeros siglos de la Iglesia. La cultura de entonces aceptaba como justo, como obligatorio, ofrecer sacrificios a los dioses del Estado o al emperador. Veía como actos lícitos el infanticidio y el aborto en ciertos casos. Había legislado a favor del divorcio. Permitía y promovía la esclavitud. La sociedad romana imponía algunas de estas ideas por la fuerza, hasta el punto de que el que no realizaba ciertos ritos era condenado a muerte.

Los primeros cristianos caminaron contra corriente. Eran una minoría marginada y perseguida. Eran (dirían hoy algunos “intelectuales”) un grupo condenado a la extinción por no saber adecuarse a la mentalidad de la época. Pero aquellas pequeñas comunidades no sólo sobrevivieron, sino que contagiaron a muchos otros: fueron un fermento vivo que cambió la misma cultura en la que se movían.

Otro presupuesto consiste en ver a la Iglesia como una asociación humana como las demás.

Quienes desean crear una empresa, o un partido, o un club, elaboran estatutos, teorizan principios, preparan idearios.

Se pide, desde luego, a los miembros de esas asociaciones que acepten las normas establecidas. Si con el pasar del tiempo las normas “no funcionan”, quedan dos alternativas: cambiarlas, o dejar las cosas como están hasta que se imponga la realidad y un fracaso lleve al grupo a su extinción por falta de afiliados.

Algunos ven así a la Iglesia: como una asociación simplemente humana, que un día acogió una serie de principios y “dogmas”, que estableció la existencia de Papas, obispos y sacerdotes, que “inventó” los votos religiosos, que “creó” los sacramentos, y que elaboró una literatura propia (la Biblia) y una serie de enseñanzas más o menos sistemáticas.

Si lo anterior fuese verdad, la Iglesia habría levantado, durante siglos, todo un sistema de ideas basado en afirmaciones especialmente difíciles de aceptar: la creencia en Dios Uno y Trino, la afirmación de la Divinidad y de la Humanidad de Cristo, la devoción a la Virgen María, la llamada a la conversión y a un estilo de vida sumamente exigente, la moral sexual, la condena de la usura y del apego a las riquezas, la invitación a ser humildes y a perdonar las ofensas, la condena del divorcio...

En otras palabras, aquellos “inventores” de la fe cristiana habrían elaborado un sistema de ideas y una religión que irían en contra de tendencias humanas muy fuertes y arraigadas, además de ir en contra, como ya vimos, de la mentalidad de su tiempo.

Por eso, quienes proponen que la Iglesia se “adapte” y se “actualice” para no quedarse atrás y para no vaciarse de gente, deberían pedir un tan amplio conjunto de cambios que del cristianismo no quedaría prácticamente nada.

El cristianismo, sin embargo, no es una doctrina humana, sino que acoge una revelación que viene de Dios. O, para quienes no aceptan lo anterior, el cristianismo no se entiende a sí mismo si no se autoconsidera como fruto de la intervención de Dios en la historia.

Si la anterior idea es falsa, si Cristo no es Dios, ni resucitó, ni fundó ninguna Iglesia, no tiene sentido pedir al Papa y a los obispos que cambien sus enseñanzas para seguir teniendo católicos que llenen las iglesias los domingos, los días de bautizos y de entierros. Porque si la Iglesia estuviera fundada sobre una serie de mentiras, de nada vale alargar por más tiempo lo falso con una serie de cambios de fachada que mantienen en pie los errores desde los que habría iniciado como institución humana y frágil.

Pero si la Iglesia viene de un Cristo que es el Hijo de Dios, si el Papa es el Sucesor del apóstol Pedro y tiene las llaves del Reino de los cielos, ¿por qué ese martilleo continuo para que la Iglesia cambie la moral y la doctrina en puntos importantes?

Si la Iglesia viene de Dios, lo lógico no es pedirle que cambie, sino que somos nosotros los que tenemos que acoger lo que ella nos transmite como enseñanzas y como mandatos de Cristo.

A quienes piden a la Iglesia que diga sí a los anticonceptivos, al divorcio, al aborto, a la eutanasia, a la ordenación de mujeres, a la supresión del sacerdocio (habrá que ver cómo compaginar las dos últimas peticiones que acabamos de poner), para que los templos vuelvan a llenarse, hay que pedirles que respondan a la pregunta clave: ¿de dónde viene la Iglesia y cuál es la autoridad que ha recibido de Dios?

Las enseñanzas divinas no pueden ser cambiadas por los hombres. El primer Papa tuvo que escucharlo del mismo Jesús, cuando Pedro propuso al Maestro que dejase de lado el camino de la Cruz: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” (Mt 16,23). Por eso san Pablo exhorta a los cristianos de su tiempo y a los de hoy: “no os acomodéis al mundo presente” (Rm 12,2).

No somos católicos para pensar como piensa el mundo. Vale la pena recordarlo, como lo recordaron y lo siguen recordando los mártires de todos los tiempos. La Iglesia no está en venta, ni tiene sentido manejarla según los gustos particulares. O la tomamos como es, o la dejamos de lado y buscamos (si lo hubiera) algo mejor.

Pero si Cristo es Dios y si fundó la Iglesia, ¿puede haber entre los hombres algo más hermoso, más grande y más verdadero que la obra que Él nos ha dejado?

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