4 de agosto de 2014

Desintoxicarse



Autor: Fernando Pascual

El veneno entró en el alma. Lecturas, conversaciones, blogs, pensamientos: un enjambre de insinuaciones e ideas avanzaba, poco a poco, hasta sembrar angustias, sospechas, miedos, desconfianza.

Otras veces el veneno entró desde una injusticia: no es fácil vivir en paz cuando el daño vino de un amigo, o cuando vimos a un ser querido bajo las garras de los opresores.

Es fácil envenenarse. En ocasiones uno mismo deja correr sus pensamientos hasta encontrar culpables en quienes nada malo han hecho, o busca voces malignas que siembran dudas y apagan esperanzas. En otras ocasiones el veneno se insinúa desde quien dice ser amigo y vierte sobre nosotros el veneno malévolo del aguijón que nos deja bien clavado.


¿Cómo limpiar el alma cuando ha quedado tocada por calumnias y murmuraciones, por sofismas y mentiras, por propagandas que empujan al odio desde promesas de revoluciones que promoverían la “justicia” y llevan al desastre? ¿Cómo superar las heridas profundas que provocan los golpes que otros nos asestan?

Todo sería más fácil si hubiéramos impedido al veneno hacer ingreso en nuestras almas, si nadie nos hubiese dañado con sus palabras o con sus gestos. Pero ya estamos intoxicados. Ahora, ¿qué podemos hacer?

Existe un camino difícil pero hermoso para desintoxicarse: el perdón sincero. Cuesta, sobre todo si hemos dejado de querer a un amigo bueno por culpa de calumniadores sin escrúpulos, o cuando hemos roto la relación con una persona necesitada de ayuda pero atacada continuamente por difamadores que dicen cosas ciertas pero bañadas con el vinagre del odio y de la venganza.

Podemos dar un paso importante desde el reconocimiento de nuestras propias faltas: también nosotros necesitamos miradas amigas, corazones dispuestos al perdón y a la acogida, espíritus nobles que busquen curar en vez de abrir, una y otra vez, viejas heridas.

En lo más íntimo del alma, la curación de nuestros males sólo puede llegar de las manos de un Dios misericordia, capaz de borrar en la confesión nuestro pecado y de devolver esa paz que viene del cielo.

Luego, al acoger el perdón, al dar pasos concretos para romper nuestro pecado, podremos mirar a nuestro alrededor con ojos buenos, llenos de misericordia. Estaremos más abiertos a la verdad completa sobre nuestros prójimos. Dejaremos de lado lo que son sospechas maliciosas o calumnias asesinas. Tendremos un espíritu bueno para perdonar a quienes han caído en el drama del pecado y necesitan manos amigas para iniciar el camino de la conversión sincera, no piedras de fariseos dispuestos a lapidar a sus hermanos.

Así empezaremos a desintoxicarnos, pues el alma que se descubre perdonada aprende a ver el mundo con más profundidad: desde unos ojos llenos de misericordia, porque esa misericordia la ha recibido desde el mismo corazón del Dios bueno.

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