24 de octubre de 2016

Fotos, prensa e historia

Autor: Fernando Pascual

Nuestra memoria es pequeña, y se queda con pocas cosas. Nuestra capacidad de atención es reducida, y escoge sólo algunos detalles para dejar de lado muchos aspectos de la realidad. Nuestra vida es breve, y no podemos aprender todo lo que otros han dicho, hecho y vivido antes o durante nuestro rápido caminar por este planeta grande y misterioso. Hay que seleccionar, hay que recoger poco de lo mucho que fluye ante nuestros ojos.

Las informaciones que recibimos a través de la prensa siguen esta ley de la selección. Los periodistas nos presentan las guerras con fotografías y crónicas selectivas. A veces nos impresiona más el rescate de un prisionero que una batalla en la que murieron más de 1000 soldados. En el periódico encontramos la fotografía del prisionero, la crónica del rescate, una entrevista a sus familiares. La batalla, tal vez decisiva, a veces es mencionada en unas pocas líneas y sin ninguna imagen de los muertos.


En este sentido, se hace necesaria una mayor colaboración entre medios de comunicación y especialistas. Hay periódicos que logran este objetivo: recogen opiniones de expertos, entrevistan a grandes pensadores, piden la palabra a generales, economistas, médicos o profesores para juzgar acontecimientos importantes para la vida nacional o internacional.

Pero este trabajo de colaboración no siempre es fácil ni objetivo. En primer lugar, por las prisas que rodean el mundo de las noticias. La reflexión del especialista requiere tiempo para ser profunda, objetiva. El periódico, el noticiero de televisión, tienen que salir deprisa, a las pocas horas (o minutos) de un atentado, de una fuerte caída del dólar o de un voto en el parlamento que ha dividido a los políticos de un modo dramático.

En segundo lugar, hay muchos “expertos”, y unos opinan de una manera y otros de la manera opuesta. El mismo hecho (la subida del precio del petróleo) puede ser interpretado de muy distintas maneras. Un experto en economía dirá que es algo positivo, pues estimula a las naciones a buscar fuentes energéticas alternativas, más baratas y, tal vez, más limpias. Para otro, sin embargo, es una nueva señal de la crisis económica que hará cerrar muchas empresas, aumentará el número de desocupados, e impedirá el desarrollo de los países más pobres.

Lo que ocurre en los medios de comunicación ocurre también en la historia. Se narran batallas, se presentan personajes o se describen situaciones sin que siempre se dé una versión exacta de lo que pasó en un determinado momento histórico. Para la historia contemporánea las fotografías tienen un peso especial. Imaginamos casi siempre la Segunda Guerra Mundial a partir de pocas fotografías: unos soldados alemanes que levantan las barreras de la frontera polaca, unos aviones que sueltan bombas sobre una ciudad, un niño hebreo que levanta las manos, con los ojos llenos de pánico, ante las metralletas de los soldados alemanes, el hongo de las bombas atómicas que aterraron al mundo...

Pero esa guerra, como todas, tuvo muchos acontecimientos, miles de pequeñas o grandes anécdotas, que no caben en los libros ni en las revistas. Cada hecho, sin embargo, tiene su importancia mayor o menor, para un pueblo, una familia o, simplemente, para aquel soldado que recibió una bala en la pierna mientras intentaba conquistar una colina y que, gracias a eso, conoció a la enfermera que se convirtió, poco después, en su esposa...

Por desgracia, existen imágenes que falsean la realidad, o que reflejan de modo bastante incompleto o parcial lo que ha sido la historia de un pueblo. La victoria de un ejército sobre otro puede quedar recogida en un cuadro (o una fotografía) en el que aparece un soldado que pone una bandera en lo alto de una colina o en la torre de un castillo. Pero algunas de esas “victorias” han sido logradas a través de la masacre de cientos de soldados que se rendían y que esperaban un gesto de clemencia por parte de los vencedores. La suerte de las viudas o de los huérfanos, la pobreza o el hambre que siguen a muchas guerras, no siempre reciben la atención que merecerían en muchos libros de historia.

No podemos, desde luego, cambiar la historia, hacer que no haya ocurrido lo que ocurrió. Pero sí podemos tener un sentido más crítico, ser capaces de ir más a fondo para comprender el pasado o el presente. Hay “noticias” que son sólo calumnias, divulgadas para denigrar a un personaje que resulta incómodo a algunos grupos del poder económico o político. Otras veces se exalta el “heroísmo” de un líder político que ha conquistado el gobierno a base de crímenes, traiciones y crueldades sin medida. Otras, se sepulta en el olvido el papel histórico que pudo haber tenido algún personaje simplemente porque sus ideas no son compartidas o porque se prefiere exaltar a los que resulten más simpáticos, aunque no hayan hecho casi nada bueno en favor de sus pueblos.

El mundo de internet no podrá escapar a la ley de la imagen, a la pequeñez de la mente humana que se queda con poco y que se cree mucho de lo que nos dicen sin poder separar lo que son verdades de lo que son mentiras. Pero ese mismo mundo de internet podrá ser, si nos lo proponemos, una fuente de alternativas en la que “aparezcan” imágenes y crónicas de hechos que nadie quiere ver (como, por ejemplo, la violencia del aborto o la pobreza en la que mueren millones de hombres y mujeres de los países más pobres), y para que todos los expertos y especialistas puedan ofrecer sus opiniones sobre los hechos que nos toca vivir cada día.

Nos toca a todos, especialmente a los educadores, tomar conciencia de este nuevo instrumento y usarlo de modo inteligente y crítico, para que la verdad pueda aparecer, al menos, menos incompleta. Y para que podamos juzgar, con mayor espíritu crítico, lo que dice la prensa o la historia: no todo será mentira, pero tampoco todo será verdad... Educar a leer y a juzgar lo que otros nos cuentan es todo un reto para la escuela y la universidad.

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