9 de marzo de 2015

El hombre como filósofo



Autor: Fernando Pascual

El hombre se encuentra aquí, en el mundo, en la historia, en la lucha por la vida. Sufre, ama, ríe, llora, canta, piensa, estudia y trabaja.

Ninguno de nosotros pidió la existencia. Un día fuimos concedidos, pasamos por el “trauma” del parto. Luego crecimos, estudiamos... y empezamos a pensar.

Muchas veces queremos comprender lo que significa existir, qué sentido tenga nuestro caminar en el mundo de la vida.


Las experiencias que nos acompañan son múltiples. Unas son sensibles, como el padecer hambre y satisfacerla, el pasar frío o calor, el sentir placer o dolor de cabeza. Otras son espirituales: ideas, estudios, temores, esperanzas.

Tenemos, además, deseos y anhelos que parecen “insaciables”. Para la sed tenemos el agua. ¿Hay algo que pueda satisfacer nuestros anhelos de felicidad completa, de inmortalidad, de llegar a la verdad y al bien?

Nuestro vivir no se cierra en el horizonte personal. Tenemos numerosos encuentros, contactos, saludos, despedidas. La vida está llena de amistades, diálogos, promesas, discusiones, conflictos.

Hay momentos en los que miramos al cielo o a lo más íntimo del alma y buscamos a Dios, un Ser que no sea de este mundo material pero que dé sentido y significado a mi existencia y a la de cada realidad que embellece el mosaico de la vida, de las estrellas y las fiestas.

Frente a tantos horizontes y experiencias, buscamos normas para vivir, normas que nos guíen. Si en el mercado podemos aceptar el criterio de una balanza, o damos por válido el marcador de la gasolinera, en las opciones concretas, ¿existe una medida y una norma que indique claramente lo que sea justo, lo que sea bueno, lo que sea honesto?

Ante la multicolor variedad de experiencias, no me comporto como una cámara cinematográfica ni como un espectador pasivo. A cada paso descubro mis responsabilidades: necesito discernir qué sea bueno y qué sea malo, qué me conviene y qué no. Busco instintivamente una escala de valores, una regla para la existencia.

Todo hombre asume una norma de vida para sí mismo. Y, no contento con tenerla más o menos clara, muchas veces intenta justificarla. Lo triste es que también buscan justificaciones quienes han cometido grandes delitos. Tras la Segunda Guerra Mundial importantes mandos del ejército creyeron que con “cumplir órdenes” sus espaldas estarían bien protegidas... Pero esas justificaciones no valen, son falsas. Sólo un criterio ético correcto permite distinguir entre actos buenos y actos malos, entre grandeza de alma y pequeñez egoísta.

La búsqueda de normas morales camina en paralelo con otra búsqueda que radica en lo más profundo de nuestros corazones: el anhelo de saber. Desde niños la pregunta “¿por qué?” se convierte en una dimensión ineliminable de nuestra biografía.

¿Por qué tienen colores las nubes? ¿Por qué hace ruido la abeja? ¿Por qué la luna cambia de forma? ¿Por qué en verano hace calor? ¿Por qué los vecinos tienen 6 hijos y yo no tengo hermanitos? ¿Por qué los políticos parecen tan serios? ¿Por qué, desde que se fue al hospital, ya no tenemos noticias de la abuelita?

Las preguntas no son como el sarampión que desaparece con la infancia. Toda nuestra vida surgen porqués más o menos profundos, especialmente al encontrarnos con el dolor, la injusticia, el pecado.

Muerte, eternidad, bien y mal, verdad y mentira, son temas que están siempre ante nuestros ojos y nos llevan a buscar, a llamar, a anhelar respuestas que vayan más lejos y más a fondo de lo que puedan ser simples razonamientos provisionales e incompletos.

A la pregunta sobre el porqué se une la del para qué: ¿para qué vivir? Hay quienes, tras un fracaso, una derrota personal o familiar, optan por el suicidio, simplemente porque quieren huir de una situación que no aceptan, porque no saben cómo dar sentido a una vida que ha cambiado de horizontes, pero no por ello deja de ser misteriosamente grande y rica.

Para afrontar tantos temas, tantas inquietudes, tantos anhelos, desde hace miles de años se han elaborado diversas respuestas. Algunas son más profundas, más completas, más elaboradas. Otras son respuestas “en pantuflas”, para caminar por casa, entre la cama y el armario.

Encontramos aquí la filosofía. Sobre ella se han dicho tantas cosas y tan distintas, que intentar una definición que satisfaga a todos parece casi imposible.

Si podemos encuadrarla de algún modo, la filosofía sería un camino intelectual y vivencial de búsqueda de respuestas que ayuden a comprender la existencia propia y las existencias ajenas (las de las distintas formas de realidades que se dan en el universo y fuera del mismo), desde una radicalidad y una justificación que permitan satisfacer el anhelo de conocimientos que es propio de la condición humana.

Todo hombre es, aunque no siempre lo parezca, filósofo. Porque necesita recorrer ese camino hacia la verdad. Y porque no puede vivir con respuestas banales ni con distracciones pasajeras (como recordaba Pascal), por más absorbentes que puedan resultar.

La filosofía aparece en nuestro horizonte humano. Vale la pena asumirla y hacerla “propia”. Vale la pena no dejar que nuestro corazón inquieto se haga burdo ni se ahogue en cotidianidades sin sentido.

El deseo de saber es el primer paso para ser filósofo. Ese deseo está vivo en cualquier corazón que anhele bienes completos y respuestas válidas para tantos interrogantes que son parte constitutiva del existir humano.

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