29 de junio de 2015

Los hijos y las riquezas

Autor: Bosco Aguirre
Fuente: Mujer nueva

Los economistas juzgan desde dos perspectivas distintas la demografía de los pueblos. Según la primera, el aumento de hijos y el aumento de población lleva consigo al aumento de la pobreza. Según la segunda, el aumento de hijos y de la población genera riqueza y bienestar.

Para la primera perspectiva el aumento de bocas y de manos exige dividir el patrimonio. Como los bienes materiales son escasos, es obvio que el número mayor de seres humanos genera una disminución de réditos, de bienestar, de alimentos y energía “per capita”. En definitiva, provoca mayores problemas al disminuir los ingresos personales y aumentar la pobreza.

En esta óptica, reducir el número de hijos sería un paso necesario para lograr un mejor nivel de vida. Uno de los lemas clásicos de esta teoría es que “la familia pequeña vive mejor”. O, sin ser lema, se piensa que el desarrollo de los pueblos pasa a través de un férreo sistema de control demográfico.

En la segunda perspectiva, la llegada de más hijos genera el deseo de aumentar la productividad, de conseguir nuevas fuentes de energía, de racionalizar la vida agrícola para conseguir mejores rendimientos a menor costo. La llegada de una numerosa generación de hombres y mujeres jóvenes implica, además, el aumento del “potencial humano”, un incremento de la densidad de población, una mayor cercanía entre los individuos y un dinamismo productivo que eleva el nivel de vida de todo un pueblo.

Salta a la vista que la presentación es sumamente pobre y que ha dejado de lado, intencionalmente, una enorme cantidad de factores que hay que tener en cuenta para ver si el número de hijos beneficia o perjudica a un determinado pueblo.

Entre los muchos elementos que habría que recordar, estarían los siguientes: el clima, la cantidad de agua potable y no potable disponible, las fuentes de energía, las materias primas, la calidad de la tierra, las costumbres y los modos de comportarse que influyen en la vida económica de la gente: vicios o virtudes, capacidad de ahorro o despilfarro, corrupción administrativa u honestidad política, sistema fiscal, eventuales epidemias, relaciones con los países fronterizos, existencia o no de deudas, leyes en vigor, convicciones éticas y religiosas, conflictos armados o luchas raciales, etc.

Hay que señalar que en estas perspectivas (la contraria y la favorable a la llegada de los hijos) se esconde un peligro que llega a ser, en muchos casos, una triste realidad: valorar a los hijos sólo en función del beneficio o del daño que puedan ofrecer al sistema económico.

En la segunda perspectiva, que goza hoy día con pocos defensores “visibles”, sería bueno promover la natalidad para mejorar la economía. Con ello se corre el riesgo de valorar al hijo sólo en cuanto fuente de bienestar y de progreso, o de ver la familia como si fuese una pequeña industria que proporciona obreros y consumidores a un determinado estado.

En la primera perspectiva, que tiene muchos y poderosos partidarios, la natalidad debería ser reducida, a cualquier precio, en función de la búsqueda de un bienestar cada vez más elevado, aunque sea ofrecido a menos personas.

Existen, desde la lógica antinatalista, pueblos en los que ha llegado a ser norma obligatoria la ley del “hijo único”. Como si tener más hijos fuese un delito contra el estado, como si la transmisión de la vida fuese algo que deciden las autoridades públicas y no el amor entre los esposos.

En otros pueblos, los gobiernos promueven campañas masivas para esterilizar a las mujeres o a los hombres, o para ofrecer un acceso fácil a medios anticonceptivos y abortivos, en orden a reducir drásticamente las tasas de natalidad. En otros lugares se ha llegado a la legalización del aborto con pretextos engañosos (promover la libertad y emancipación de la mujer, tutelar la “salud reproductiva”), cuando en el fondo lo que se desea es eliminar a los hijos para que la población no aumente.

Señalemos, por lo tanto, el error de fondo que es común a estas dos perspectivas: considerar que una vida vale si genera riqueza, y deja de valer si genera pobreza.

En realidad, es falso pensar que los hijos son valiosos si ayudan al sistema económico, o dejan de serlo si se convierten en potenciales promotores de pobreza. Valen siempre, por sí mismos, sin condiciones.

La defensa de la vida humana constituye el valor básico sobre el que se construyen todos los demás parámetros de la convivencia humana. No es, por lo tanto, un valor inferior al valor económico o a los proyectos de ciertos políticos que dicen preferir más bienestar para menos personas. Es, más bien, el principio fundamental sobre el que puede existir una auténtica sociedad justa y solidaria.

Urge reconocer y respetar la dignidad de cualquier vida humana. Desde el respeto y desde el amor que merece cada nuevo hijo será posible valorar justamente cuáles sean las mejores formas de organización económica de los pueblos, a todos los niveles: familiar, local, nacional, internacional, mundial.

Sólo así tendremos un mundo más equitativo y más solidario. Un mundo en el que ninguna familia se sentirá obligada o presionada a tener menos hijos de los que, con generosidad y esperanza, desearía acoger entre los muros del hogar.

(Nota del editor: este artículo fue descatado el año 2014, pero por la actualidad del tema volvermos a recordarlo).

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