10 de abril de 2017

Felicidad en familia

Autor: Álvaro Correa

La revista “Journal of the Association for Consumer Research” ha publicado algunos estudios que confirman una hermosa realidad que muchos tenemos la dicha de vivir: las costumbres familiares estimulan la felicidad.

A modo de ilustración hay una explícita referencia a los beneficios que nos concede compartir en familia celebraciones particularmente sentidas como la Navidad, el Hannukah o el Día de Acción de Gracias, así como cualquier otra actividad que realicen juntos los padres e hijos: una excursión, unas vacaciones, una fiesta de cumpleaños o un aniversario matrimonial, etc.


En la familia somos queridos por lo que somos, nos aceptamos y estimulamos unos a otros, somos conocidos y comprendidos. Chesterton lo expresa de manera magistral: “El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia”.

Demos gracias a Dios por la familia que nos concedió y procuremos que sea siempre más bella con nuestro amor.

Ahora bien, es verdad que no siempre reina la armonía; pues también en familia se discute y se sufre; a veces surgen malentendidos o se encienden los celos y envidias…

Quizás por ello Santa Teresa de Calcuta metía el dedo en la llaga y, con su desarmante amabilidad, preguntaba y respondía lo siguiente: “¿Qué puedes hacer para promover la paz mundial? Ve a casa y ama a tu familia”.

Y es que la familia, como la humanidad entera, no se compone de ángeles, sino de pobres seres mortales, limitados e imperfectos. Justamente por eso el papel de padres e hijos es tan noble, pues la familia es el nido donde aprendemos a dar lo mejor de nosotros mismos y a corregir nuestros defectos, y donde asimilamos los ideales que perseguiremos durante la vida entera.

La familia es la primera y más importante escuela para nuestra formación. La felicidad de estar con quienes nos aman y a quienes mejor conocemos es incomparable. Esta felicidad puede adquirir muchas caras, desde aquella amable de una felicitación hasta la reconciliación después de heridas profundas.

En fin, busquemos ser cada día mejores padres e hijos porque, como bien dijo San Juan Pablo II: “El hombre es esencialmente un ser social y con mayor razón se puede decir que es un ser familiar”.

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