Autor: Fernando Pascual
En una ciudad griega del mundo antiguo. Estalla una epidemia. Algunos empiezan a buscar culpables, a señalar a personas concretas como la causa de lo que ocurre.
En
el norte de Italia, en el siglo XVII. Ha iniciado una peste terrible. Corren
rumores de que hay personas que difunden un polvo contagioso. Algunos son
arrestados, condenados y ejecutados de forma cruel.
En una batalla de la Primera guerra mundial. Los enemigos lanzan un ataque a un pueblo de frontera. Salta la sospecha que desde alguna casa un pañuelo traidor dio el aviso a los soldados enemigos. Empieza la cacería de brujas.
En
el siglo XXI: una epidemia se convierte en mundial. Giran las preguntas: ¿cómo
empezó todo? ¿Hubo culpables de su inicio y expansión? En nuestra propia
ciudad, ¿alguien trajo el virus? ¿Por qué no lo detuvieron a tiempo?
Buscar
culpables es algo plenamente legítimo en muchos ámbitos humanos: muchas cosas
ocurren porque hay personas imprudentes, o traidores cobardes, o enemigos de la
humanidad.
Pero
otras veces la búsqueda de culpables está viciada por diversos motivos. Uno,
suponer que existan responsables de hechos que, en realidad, fueron fortuitos,
prácticamente inevitables: allí no hay que buscar culpables.
Otro,
acusar de tener culpa a quien no la tiene, hasta llegar a situaciones grotescas
como las que han llevado a la muerte a cientos de inocentes acusados de delitos
que nunca cometieron.
En
los hechos humanos existen culpas y existen males sobre los que resulta
equivocado buscar culpables. No tiene sentido pedir responsabilidades de hechos
que superan las posibilidades humanas de previsión. Como tampoco tiene sentido
acusar a quienes no sean los directos responsables de graves daños.
Por
eso, ante cada desgracia que aparezca ante nosotros, habrá que ser sumamente
prudentes antes de buscar culpables. Así evitaremos condenar a inocentes, y
aceptaremos que muchas desgracias ocurren sin que haya culpables de sus
consecuencias dañinas.
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