Autor: Fernando Pascual
La palabra “fobia” está de moda. Más allá de un sentido técnico que pueden
ofrecer, desde escuelas diferentes, psiquiatras y psicólogos, en el uso común
“fobia” alude a miedos irracionales y a actitudes hostiles y compulsivas
respecto de personas, situaciones o cosas.
Si actitudes fóbicas se pueden dar de un modo especialmente intenso en el ámbito de la política, ¿no podríamos hablar de derechafobia y de izquierdafobia?
Basta con escuchar o ver un debate parlamentario para encontrar reacciones
sumamente hostiles e intolerantes entre quienes defienden una propuesta
política hacia quienes defienden otra diferente.
Si vamos más a fondo, notamos el peligro de un abuso del termino “fobia”.
Porque si algún día se aprobase una ley que persiga la “derechafobia”, ¿no
notaríamos la injusticia de olvidar la fobia opuesta, la “izquierdafobia”? ¿Y
cómo definir un comportamiento fóbico en el ámbito de las propuestas políticas?
¿A qué se reduciría el debate público si cualquier crítica a las ideas y
programas de los “adversarios” pudiera ser calificada como delito de fobia?
Por ejemplo, si la ley condenase la derechafobia, ¿habría que multar o
incluso encarcelar a un político de izquierdas por llamar cavernícolas,
retrógrados, intolerantes, inquisitoriales, injustos, y otros adjetivos, a los
políticos de derechas? Cientos y cientos de políticos, y también de
periodistas, quedarían amordazados por el miedo de esa ley antiderechafobia...
Un poco de sentido común nos ayuda a ver que considerar erróneo un punto de
vista o un comportamiento no es algo que automáticamente vaya contra la vida
social. Porque la gente condena a quienes mienten, a quienes viven como
holgazanes, a quienes abusan de la buena fe de familiares y amigos, y esas
condenas no pueden ser vistas automáticamente como “fobias”.
Por eso hemos de estar atentos para que el término fobia, que necesita ser
empleado con competencia y seriedad, no se convierta en una especie de mordaza
que destruya la libertad de expresión en tantos ámbitos humanos que son, por su
misma naturaleza, discutibles. Sobre todo, no puede convertirse en un parapeto
para impedir a la sociedad condenar vicios y comportamientos que en sí mismos
son injustos, dañinos y destructores de uno mismo y de los otros. Bastaría con
recordar un vicio (entre tantos) que tiene un potencial negativo inimaginable y
que merece la condena de toda propuesta ética sana: la avaricia. Si algún día
se declara la “avariciafobia” como delito, ¿quién podrá criticar ese vicio tan
nefasto?
Evitar abusos en el uso del término fobia ayudará a fomentar actitudes más
abiertas y tolerantes. Porque no es izquierdafobia o derechafobia oponerse a
propuestas políticas que uno no considera justas. Tal oposición es,
simplemente, uno de los derechos más profundos que radica en todo ser humano
amante de la verdad y la justicia. Vale la pena recordarlo, para dejar abiertos
espacios en el que sea posible debatir sobre tantos temas en los que existen
puntos de vista diferentes y defendibles.
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