Autor: Fernando Pascual
A finales del siglo XIX un famoso neurólogo afirmó que el pensamiento humano no es más que una secreción del cerebro. Desde entonces, se han sucedido numerosas discusiones sobre la relación entre la mente y el sistema nervioso (lo físico, lo químico, lo material).
Los espiritualistas afirman que la inteligencia es algo que escapa a los límites de la actividad neuronal. Por su parte, los “materialistas” consideran que nuestras más nobles intuiciones y nuestros gestos altruistas no son más que un resultado de algo que no podría ser de otra manera desde el punto de vista físico-químico: serían el fruto de nuestras neuronas, o, en el mejor de los casos, de la interacción entre cerebro y ambiente, de acuerdo a rígidas leyes que la ciencia podrá determinar en un futuro más o menos cercano.
En este marco se coloca el esfuerzo, no carente de importantes
inversiones económicas y del apoyo de grandes investigadores, para llegar a
construir un día una computadora “inteligente” que reproduzca tan perfectamente
las actividades mentales del ser humano que lleve a convencernos, de un modo
definitivo, de que no somos más que eso: un complejo sistema de conexiones
nerviosas y de otros factores fisicoquímicos, difícil hoy por hoy de estudiar,
pero que algún día nos descubrirá todos sus misterios.
La propuesta parece sumamente estimulante. Imaginemos por un momento
que se lograse el objetivo: ¿cómo funcionaría la “computadora inteligente”?
Esa computadora llegaría a aprender más rápido y mucho mejor que los
niños en las escuelas. Almacenaría un cúmulo inmenso de datos. Realizaría
operaciones inalcanzables para el hombre común.
Además de realizar muchas funciones y cálculos con más precisión que
nosotros, no perdería las 100.000 neuronas diarias que nos llevan a los seres
humanos a arruinar la memoria con el pasar de los años, si bien también estaría
a merced de los peligros de la vida: un incendio, un terremoto, un loco que
quiera deshacerla a pedazos...
Quizá tenderá a considerar a los hombres como pobres individuos
inferiores, tan materiales como ella, pero más limitados y peor dotados, y tal
vez llegue a ser un individuo “racista”... ¿Habría que encarcelarla por esto?
¿O la dejaríamos reírse de nosotros y permitir que empiece a “programar”, para
un día no lejano, la esclavización de todos los hombres a sus planes
superperfectos?
Pero, para ser perfectamente semejante a nosotros, quizá sería también
capaz de expresar envidias, alegrías, penas, rabia. Celebraría el día de su
cumpleaños, pediría regalos, daría consejos, “visitaría” a los amigos,
manifestaría su amor a alguno o alguna, y pensaría en sí misma y en el sentido
de su “vida”.
¿Y qué ocurriría si le dijésemos que es sólo un pedazo de materia y de
cables sumamente sofisticados y dinámicos, tan material y tan determinada como
nosotros? ¿Qué sentiría si descubriese, si tenemos el valor para decírselo, que
la hicimos para desmitizarnos, para demostrarnos a nosotros mismos que somos
como ella, un sistema intrincado de conexiones velocísimas, y que ella es como
nosotros?
¿Se deprimiría ante la noticia? ¿Nos daría las gracias? ¿Protestaría a
una organización defensora de los derechos “humanos” de las máquinas al
sentirse instrumentalizada? ¿Afirmaría su espiritualidad como hacemos muchos
hombres que creemos que somos algo más que puras neuronas? ¿Saltaría de alegría
ante la noticia? ¿Despreciaría a los que la hicieron con un fin que
consideraría poco noble?
No todo queda en estas preguntas y dilemas. Nuestra computadora
inteligente pedirá, seguramente, el derecho al voto, y los políticos temblarán
ante la posibilidad de que revele públicamente sus preferencias y dé los
motivos de las mismas.
Además, ¿optará por “ver” el fútbol o el béisbol? ¿Escuchará a Mozart o
el rock duro? ¿Se aburrirá de saberlo todo o estará todos los días inventando
cosas nuevas? Y si un día la invitamos al psicólogo para que “la vea”, ¿nos
seguirá con gusto y hará temblar al psicólogo al “desmenuzarlo” y analizarlo de
pies a cabeza?
La sociedad, ante una computadora tan perfecta, sentirá la obligación
de estudiar si merecería el derecho a un salario justo, si habría que asignarle
un máximo de horas de trabajo semanales (aunque todavía no conocemos ninguna
computadora que se “canse” si todos sus circuitos funcionan bien), si habría
que pagarle las vacaciones, si habría que darle un seguro de ancianidad...
¡Toda una revolución para la ciencia jurídica occidental! No hemos sido capaces
de garantizar los derechos humanos para todos, y ahora tendríamos que hacer
frente a los derechos de la “inteligencia artificial”...
Y será todo un misterio averiguar si rezará para llegar un día al
paraíso o si pensará que la religión no es sino un uso equivocado de las pobres
y deficientes sinapsis nerviosas en los seres humanos y un despilfarro de
energía electromagnética en las máquinas.
Si la ciencia llegase a construir (¿será posible?) una computadora cuyo
comportamiento no se distinguiese del nuestro, estaríamos ante un momento
memorable para la historia de la humanidad. Pero surgirían más preguntas que
respuestas, más riesgos que esperanzas.
Mientras llega (¿llegará?) ese momento solemne y dramático, otros miles
y millones de hombres y mujeres dedicarán sus minúsculos esfuerzos a dar de
comer a sus hijos pequeños, a ayudar a un anciano a cruzar la calle, a socorrer
a las víctimas de una catástrofe natural en algún rincón del planeta. Habrá
algunos que, de rodillas, recen a Dios y le den gracias, o pidan perdón, o
lloren lo que hicieron mientras prometen ser, esta vez sí, mejores de verdad.
No sabemos si también la supercomputadora inteligente se “rebajará” a
estas pequeñeces. Pero sí es justo esperar que sus inventores piensen que sus
esfuerzos servirán para hacer un mundo mejor, y no quieran simplemente
convencernos de que sólo somos materia sofisticada. Para ello no hace falta
desperdiciar tanto dinero. Un dinero que podría servir no para construir un
portento de la técnica, sino para ayudar a quienes, con urgencia, viven como
“los últimos”, “los menos eficaces”, pero dotados de un brillo en sus ojos que
no puede ser sólo el de una simple y misteriosa secreción del cerebro...
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