2 de enero de 2017

Nuestros bellos defectos

Autor: Álvaro Correa

Cada defecto, propio y ajeno, pone nuestros pies en la tierra y nos recuerda que no somos ángeles, sino pobres hombres mortales, necesitados del amor de Dios y de la comprensión de nuestros hermanos.

Es importante aceptar los defectos como parte de nuestra persona y trabajar sobre ellos, de tal manera que sirvan como un poderoso imán para atraer gracias de Dios y, al mismo tiempo, para aplicar un trabajo virtuoso y perseverante de nuestra parte.


Un hecho nos resultará simpático; se trata de cierta deformidad de los músculos faciales y que, sin embargo, el común de la gente lo retiene como algo atractivo, como un toque de belleza. Hablamos del hoyuelo en las mejillas que se forma al sonreír.

En realidad, es un músculo corto que crea ese hoyuelo cuando estiramos los músculos del rostro para sonreír. ¿Verdad que tiene un toque de gracia?

Ese es uno de nuestros “bellos defectos”, uno de tantos que nos acompañan toda la vida y que forman parte de nuestra cruz de gloria, si sabemos acudir a la misericordia de Dios y trabajar pacientemente por superarnos en la virtud.


Un maestro de espiritualidad, el P. Claude Joseph Tissot, recogió las enseñanzas de San Francisco de Sales, en su obra “El arte de aprovechar nuestras faltas”. Nos puede iluminar para comprender, como él mismo cita, que “hasta los corazones más duros se ablandan ante la esperanza de volver a ocupar su puesto en el hogar del Padre de familia”.

No hay comentarios: