Autor: Fernando Pascual
“Creo que mañana lloverá. Supongo que el próximo ministro de educación será X. Me parece que ese trabajo no es bueno para ti. Tengo la impresión de que la gripe será muy dura este invierno”.
Continuamente formulamos
opiniones, o escuchamos las opiniones de los demás. En esas opiniones hay un
deseo de llegar a la verdad, y una conciencia de que nos faltan datos para
alcanzarla.
Cuando opinamos, lo hacemos normalmente desde una frágil plataforma donde se mezclan elementos seguros y elementos dudosos. ¿Por qué ocurre esto? Porque el devenir humano es sumamente complejo, y pocos consiguen una visión completa que ayude a emitir juicios seguros y, sobre todo, verdaderos.
Por lo mismo, al
encontrarnos con opiniones abiertas a la verdad, reconocemos que hace falta
buscar nuevos datos y nuevas perspectivas para disipar dudas, para corregir
posibles errores, para mejorar la opinión y, si fuera posible, para alcanzar un
día conclusiones verdaderas.
Uno de los deseos más
arraigados en la mente y el corazón de los seres humanos es el que nos empuja
hacia la verdad. La opinión, ciertamente, resulta útil, y muchas veces es lo
único que tenemos a la mano. Pero más allá de ella y sus inseguridades, queremos
ver mejor, anhelamos conquistar la verdad.
En un mundo donde se
escuchan afirmaciones precipitadas, donde hombres y mujeres defienden como
certezas lo que deberían reconocer como simples opiniones, hace falta detenerse
y pensar bien las cosas. Solo así sabremos cuándo estamos ante verdades sólidas
o ante opiniones frágiles pero abiertas a la verdad.
Son opiniones humildes, sí,
pero fecundas, porque nos mantienen en esa sana actitud de búsqueda que permite
evitar equivocaciones más o menos graves, y porque ayudan a tener los ojos y la
mente abiertos hacia todo aquello que nos permita salir de la duda y llegar a
certezas sanas y compartibles.
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