Autor: Fernando Pascual
Hablar de milagros sorprende. En parte, porque la vida normalmente sigue unas leyes fijas que parece imposible quebrantar. En parte, porque no todo lo que es presentado como milagro lo es realmente.
En
parte, y aquí vale la pena detenernos, porque algunos suponen que el progreso
del saber ha desterrado por complejo los presupuestos indispensables para
aceptar un milagro.
Por eso hoy, como en otros tiempos, hay quienes sonríen escépticamente si escuchan a alguien hablar de milagros. No faltará quien susurre: ¿cómo es posible que en el siglo XXI alguien crea en los milagros?
En
un artículo titulado “El restablecimiento de la filosofía, ¿por qué?”, recogido
en el libro “El hombre común”, Gilbert K. Chesterton abordaba una situación
parecida hace casi 100 años.
¿Qué
ocurría entonces? Según Chesterton, muchos hombres modernos, cuando escuchaban
hablar de milagros, exclamaban algo parecido a lo siguiente: “¡Pero, mi querido
señor, estamos en el siglo XX!”
La
frase parecía simpáticamente absurda al famoso polemista inglés. Con un juego
de ironía simpática, respondía: “Vale la pena tener cierto entrenamiento en
filosofía, aunque solo sea para evitar hacer el tonto de una manera tan
horrible. A fin de cuentas, tiene menos sentido que decir: «¡Pero, mi querido
señor, estamos en la tarde del martes!» Si los milagros no pueden ocurrir, no
pueden hacerlo ni en el siglo XX ni en el siglo XI. Si pueden ocurrir, nadie es
capaz de probar que existe una época en que no puedan ocurrir”.
La
pregunta central ante una afirmación así es obvia: ¿qué quiere decir quien
afirma que es imposible creer en los milagros en el siglo XX o en el siglo XXI?
Una posible interpretación era criticada por Chesterton de esta manera:
“Mas
si solamente quiere decir que se puede creer en los milagros en el siglo XII,
pero no se puede creer en ellos en el siglo XX, entonces nuevamente se
equivoca, tanto en teoría como de hecho. Se equivoca en teoría porque el
reconocimiento inteligente de las posibilidades no depende de una fecha sino de
una filosofía. Un ateo podría no creer en el siglo I y un místico podría seguir
creyendo en el siglo XX. Y se equivoca de hecho, porque todo muestra que habrá
muchos milagros y mucho misticismo en el siglo XXI; y sin duda alguna, su
cantidad va en aumento en el siglo XX”.
Para
no sucumbir ante una crítica tan fulminante, es posible reconstruir la serie de
razonamientos que un escéptico tiene presente en su interior al decir que es
imposible admitir milagros en el siglo XX. Seguimos con las palabras del
artículo de Chesterton:
“Lo
que quiere decir es esto, poco más o menos: «Hay una teoría que explica este
misterioso universo, por la cual, en realidad, se inclinó cada vez más gente
durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX; y
hasta este punto al menos, la teoría creció con los inventos y los
descubrimientos de la ciencia a los cuales debemos nuestra actual organización
-o desorganización- social. Esta teoría sostiene que causa y efecto han obrado
desde el principio en una secuencia ininterrumpida como un destino fijo; y que
no hay voluntad tras ese destino; de manera que debe obrar por sí misma en
ausencia de esa voluntad, como una máquina debe funcionar en ausencia del
hombre. En el siglo XIX, hubo más personas que sostuvieron esa particular teoría
del universo. Yo, particularmente, la sostengo y, por lo tanto, es evidente que
no puedo creer en milagros”.
Un
razonamiento así es ciertamente más serio y completo del simple afirmar “¡pero
estamos en el siglo XXI!”. Pero es también fácil de confutar de un modo muy
sencillo. En palabras de Chesterton: “Yo no sostengo esa teoría, y por lo tanto
es evidente que puedo creer en los milagros”.
Entonces,
¿se puede creer en milagros en el siglo XXI? Sí, cuando adoptamos una
determinada teoría filosófica entre las muchas que existen. Esa teoría
filosófica, desde luego, no puede contraponerse a aquellos aspectos empíricos
que son estudiados e integrados en muchas teorías científicas. Pero sí puede ir
contra presupuestos filosóficos que algunos introducen como parte no empírica
de su teoría, precisamente porque en cuanto presupuestos filosóficos no se ven
bajo el microscopio ni se observan en el telescopio.
Lo
importante, según la lección de Chesterton, es evidenciar bien cuáles son los
principios filosóficos que sostienen nuestras afirmaciones. Solo entonces nos
daremos cuenta de que era posible rechazar la existencia de milagros hace
siglos según algunos presupuestos; y que en nuestro tiempo, desde otros
presupuestos, hay y habrá hombres y mujeres que no solo los acepten, sino que
cambien radicalmente de vida tras haberlos reconocido en su mente y en su
corazón.
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