Autor: Fernando Pascual
Una señal de progreso de un pueblo es el esfuerzo por superar las discriminaciones, las violencias y las injusticias hacia los miembros más débiles de la sociedad.
La
historia nos muestra que tal progreso no ha sido nunca fácil, que se han dado
avances y retrocesos. Millones de seres humanos han sido perseguidos o
maltratados de mil maneras, simplemente por ser diferentes, pero, sobre todo,
por tener una capacidad reducida de defensa, por ser débiles.
La lista del recuerdo podría ser inmensa. Pensemos en los vencidos después de una batalla: muchas veces quedaban expuestos a todo tipo de violencia por parte de los vencedores. O pensemos en las mujeres en tantos pueblos y culturas, tratadas como ciudadanos de segunda clase, sometidas a infinidad de ultrajes, excluidas de las grandes decisiones de los pueblos, tratadas a veces como esclavas. O en muchos niños, golpeados, mutilados, esclavizados, explotados. O en los esclavos o las personas de una raza o religión diversa, menos “fuerte” que la raza o religión dominante.
No
son cosas que pertenecen al pasado. También hoy se producen casos de masacres
de prisioneros o enemigos. También hoy algunos hombres golpean y maltratan a
las mujeres. También hoy millones de niños se ven reducidos a condiciones de
esclavitud en lugares donde se fabrican, a muy bajo precio, juguetes, aparatos
electrónicos o tapices. También hoy los miembros de algunas religiones sufren
persecución en diversos países del mundo.
Frente
a tanta prepotencia, el esfuerzo por defender a los débiles tiene que
mantenerse siempre alerta. Ha habido conquistas importantes. Se han reconocido
en muchos estados del mundo los derechos de la mujer. Se han establecido normas
para evitar el abuso de los niños y su explotación en las fábricas o en el
campo. Existen convenciones internacionales para defender a los prisioneros de
guerra y condenar el uso de aquellas armas que pongan en grave peligro la vida
de los civiles. El racismo es atacado por grupos que buscan un mundo en el que
nadie sea excluido por el color de su piel, y lo mismo ocurre respecto de la
intolerancia hacia los miembros de algunas religiones.
El
esfuerzo por defender a los débiles debe también encontrar maneras para superar
nuevas injusticias del mundo moderno. Pensemos, por ejemplo, en el aborto. Cada
ser humano hemos vivido una etapa de nuestra existencia como embriones y como
fetos. Era un momento de máxima debilidad, de total abandono en el cariño y en
el cuerpo acogedor de nuestras madres.
Sin
embargo, en muchos países del mundo se ha desarrollado una nueva cultura de la
prepotencia en la que se permite la eliminación de esos individuos no nacidos,
incluso como si se tratase de un “derecho” de la mujer.
No
existe ningún “derecho a la prepotencia”. Si en la antigüedad un general
vencedor se atribuía el “derecho” de violar o no a las mujeres del pueblo
derrotado, hoy sabemos que ninguna situación de “poder” avala la existencia de
“derechos” que no son sino injusticias revestidas de apariencias de legalidad.
Lo
mismo vale para el aborto: el hecho de que existan médicos e instrumentos muy
perfeccionados en el arte de destruir vidas humanas no nacidas, no permite
considerar el aborto como algo aceptable, ni siquiera cuando lo pide una mujer
o cuando (cosa que ocurre no pocas veces) cuando otros “fuertes” presionan a la
mujer para que se libre cuanto antes de un niño que podría exigir la
responsabilidad de un padre muy poco responsable, muy cobarde y, la mayoría de
las veces, demasiado prepotente.
En
este campo, como en tantos otros, podemos romper la mentalidad abortista desde
la perspectiva de la justicia y del progreso. Pensemos, por ejemplo, en las
protestas recientes ante los abortos que buscan eliminar a los fetos femeninos.
¿No es una injusticia contra las mujeres el eliminar, a veces casi de modo
sistemático, al no nacido si se trata de una mujer?
Pero
resulta igualmente extraño empezar a defender a los embriones y fetos
femeninos, y no proteger a los masculinos. Hacer lo primero sin hacer lo
segundo sería como considerar privilegiados a unos fetos (los femeninos), y
despreciables o menos importantes a otros (los masculinos). Es decir, sería
como dar mayor fuerza al derecho a la vida según una discriminación sexual que
ningún pueblo auténticamente justo debería tolerar.
Algunos,
sin embargo, dicen que está mal el aborto en función del sexo del hijo, pero no
lo estaría si simplemente se quiere eliminar al feto sin más
(independientemente de si es de un sexo o de otro). Esto, sin embargo, va
también contra el principio de defensa de los débiles. ¿Es que vale menos una
vida humana cuando no tiene ninguna adjetivación, cuando no sabemos si es sana
o enferma, si es chico o chica, y vale más cuando ya conocemos su sexo u otras
características que pueden interesar a sus padres o a la sociedad?
Esto
podemos aplicarlo a las numerosas enfermedades que se descubren en los
embriones y fetos antes de nacer, gracias al diagnóstico prenatal. ¿Por qué
sólo se ofrece la oportunidad de nacer a los sanos, y se elimina, en un clima
de indiferencia bastante generalizado, a los enfermos? ¿Será que aceptamos el
criterio de que el más fuerte y mejor dotado, el sano, vale más, merece vivir,
y el enfermo vale menos y puede ser destruido, incluso con el apoyo de “leyes”
establecidas por un parlamento?
Nos
horrorizamos cuando se aplican tales discriminaciones para con los adultos.
Pero, ¿es que valen menos los fetos que los adultos? ¿No se trata siempre de
“vidas humanas”? El esfuerzo de miles de voluntarios que trabajan cada día con
los enfermos y los minusválidos nos dice que también el ser humano que sufre
merece nuestro amor y puede darnos mucho más de lo que imaginamos.
La
defensa de los más débiles es una tarea inacabada e inacabable. Cada generación
debe confrontarse con los valores y antivalores de las generaciones precedentes
para encontrar caminos en los que podamos avanzar hacia la defensa de los
derechos de todos, también de los más débiles. También de quien vive en el seno
de su madre o se encuentra indefenso en un laboratorio de fecundación
artificial.
Defender
esas vidas débiles, necesitadas de protección, será lo mínimo que podamos hacer
para que el mundo siga adelante en la conquista de los derechos de todos, sin
discriminaciones ni arbitrariedades promovidas por quienes tienen ahora poder,
técnica y dinero. Su prepotencia no es algo eterno: también los poderosos algún
día dependerán completamente de la ayuda de otros. Conviene recordarlo para que
algún día no se conviertan en víctimas de leyes injustas promovidas por ellos
mismos precisamente cuando sentían estar en el ápice de sus energías... Leyes
injustas que, esperamos, encontrarán la heroica oposición de quienes creen en
el amor y la justicia por encima de lo que digan algunas leyes que nunca
deberían haber existido. Leyes que podemos cambiar ahora, con el uso de
aquellos instrumentos de participación desde los que podemos construir un mundo
capaz de acoger a todos, también a los más débiles.
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