Autor: Fernando Pascual
Para Aristóteles un gobernante, que lo sea de verdad, busca el bien de
la ciudad, que coincide con el bien de quienes viven en ella.
Podríamos preguntarnos si también hoy los políticos, legisladores,
jueces, policías y otros administradores públicos buscan ese bien de la ciudad
y de sus habitantes.
Un indicador para responder es bastante fácil: ver si después de una normativa mejora la vida de las personas, si hay más armonía social, si disminuyen los delitos, si la economía satisface las necesidades fundamentales.
Por desgracia, a veces hay que esperar meses para reconocer que las
decisiones han sido dañinas. Entonces, reparar los efectos negativos no resulta
nada fácil, y las cosas empeoran más si se proponen remedios que provoquen
nuevos perjuicios.
De ahí la importancia de fomentar, en quienes trabajan por el bien
público, esa virtud de la prudencia con la que se analizan, del mejor modo
posible, todos los aspectos que entran en juego a la hora de hacer leyes,
decretos y normativas, y a la hora de aplicarlos en concreto.
No resulta nada fácil tener en la mente tantos aspectos: en un Estado,
una región, una ciudad, se cruzan miles y miles de circunstancias y variables
que ni las mejores computadoras pueden llegar a comprender de modo adecuado.
Pero allí precisamente se coloca la virtud de la prudencia, como esa
habilidad de la persona con la que reconoce los aspectos centrales que entran
en juego en cada decisión, y luego deja espacio a lo no previsto (y a lo
imprevisible) a la hora de aplicar lo decidido y a reajustarlo sobre la marcha.
Por eso es tan importante rezar, hoy como en el pasado, por los
gobernantes y administradores públicos en general, y pedir para ellos el don de
la prudencia, que resulta fundamental para promover el bien común. Por eso,
acogemos la invitación de san Pablo para pedir a Dios por nuestros gobernantes:
“Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y
acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los
constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible
con toda piedad y dignidad” (1Tm 2,1 2).
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