22 de marzo de 2013

Una grande alegría os anuncio

Autor: Miguel Ángel Llamas
Son las seis cuarenta de la tarde del día 13 de marzo. Afuera llueve y yo sigo trabajando en mi despacho con la computadora conectada al sitio del Vaticano, mirando de vez en cuando la chimenea de la Capilla Sixtina. Hace unas horas un sacerdote claretiano, profesor en un curso que estoy tomando en la Congregación para los Religiosos, me preguntó qué pensaba sobre la elección del Papa, si sería esta tarde. Yo le respondí categóricamente que no, que pasarían todavía algunos días. Me basaba en que había varios candidatos y posiblemente los votos de los cardenales todavía estarían muy diversificados.
Miraba yo la Plaza de San Pedro y veía como cada vez se iba llenando más. En una toma dirigida hacia la Via della Conciliazione vi el flujo de personas que seguían llegando. Era impresionante, porqué tantos, me preguntaba. Entonces me vino a la mente algo que había estudiado en Teología: el “sensus fidei” que es cuando el Señor permite que todos los fieles asuman espontáneamente una misma convicción, y aquí había un sentimiento general en los católicos que esta tarde sería elegido el nuevo Vicario de Cristo. Entonces no tuve dudas: será hoy, será esta tarde.
Ya son las siete, la hora anunciada para la fumata. Dejé todo y me puse a mirar fijamente la pantalla de mi computadora. Pasaban los minutos y la emoción iba en aumento. La gente seguía llegando en oleadas a la Plaza. Las siete y seis minutos...fumata bianca. El locutor de Radio Vaticana se emociona. Yo llamo a mi compañero sacerdote y le cito en la puerta de la calle para ir a la Plaza de San Pedro. Nada más salir del Colegio, no sé cómo sucedió; yo no estaba pensando en quien podría ser en ese momento el elegido, pero me vino una especie de luz y un pensamiento que expresé en voz alta: “Bergoglio, Bergoglio”. Hablamos un poco sobre ello y seguimos caminando con rapidez. Muchos jóvenes corrían y nos adelantaban. El padre me hizo un comentario: “Se ha fijado, las personas que van en dirección al Vaticano van alegres, contentas y sonrientes, las que encontramos en dirección opuesta vienen con un rostro serio, incluso triste”; asentí sonriendo.
Hemos llegado a la entrada de la Via della Conciliazione a través de la Via San Pio X. Nos sorprende gratamente que podemos seguir avanzando, hay muchas personas, pero el tráfico peatonal sigue fluyendo. Hay mucha alegría y una gran expectativa en todos. Nos ubicamos a unos diez metros a la izquierda del obelisco. Muy bien situados mirando el balcón principal. Son ya las siete y media. Deberemos esperar una media hora más. Cuando las luces internas se encienden, un clamor se eleva y muchos aplausos.
El Cardenal Touran aparece y nuestras miradas se centran en él. “Annuntio vobis gaudium magnum; (el cardenal hace una pausa) habemus Papam: (un aplauso general e intenso) Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, (nueva pausa) Dominum Georgium  Marium Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Bergoglio (el aplauso se hace ensordecedor) qui sibi nomen imposuit Franciscum”. En ese momento me vuelvo hacia mi amigo con una mirada de complicidad y de maravilla. ¡Cómo es posible! Aquello que me sucedió fue realmente una luz de Dios.
Las palabras del Papa Francisco son acogidas por todos con una gran felicidad. Nos alegra que el primer pensamiento y la primera oración estén dirigidos hacia el obispo emérito de Roma, Benedicto XVI. Todos rezamos con mucha intensidad, agradecimiento y veneración. Después nos sorprende pidiéndonos a todos los fieles que estábamos presentes y a los que lo veían o escuchaban por otros medios, a rezar al Señor por él, antes de impartirnos la Bendición Urbi et Orbi. Sus palabras calurosas, llenas de afecto y de humildad nos abren el corazón y lo acogemos con alegría y con amor. Se cumple lo que minutos antes había yo comentado a una televisora chilena que me entrevistó: lo acojo con amor desde ahora porque el Señor lo ha elegido, no importa quién sea.
Hemos regresado al Colegio. Los sacerdotes van regresando poco a  poco y en todos, los mismos sentimientos. Después de la cena, ya todos reunidos brindamos por el nuevo Papa y posteriormente vamos a la capilla a rezar por él y por su ministerio Petrino.
En estos días hemos conocido algunos hechos y gestos del papa Francisco que nos siguen entusiasmando. Al parecer después del anuncio le presentaron la limusina papal para trasladarlo a la Casa Santa Marta, pero él quiso ir en el autobús con todos los cardenales. Tuvieron una cena de gala y él no se quiso sentar en el sillón preparado sino entre los mismos cardenales como uno más. Al final de la cena les dijo a los cardenales: “Que Dios les perdone”.
El día siguiente, jueves 14, muy temprano quiso ir a la basílica de Santa María la Mayor para ponerse en manos de la Madre. El traslado lo hizo en un coche de la gendarmería vaticana seguido por un solo coche como escolta. Entró por una puerta lateral para hacer la visita al altar de la Virgen Salus Populi Romani y ya dentro de la misma saludó a los Canónigos; y a los Penitenciarios les dijo: “Vosotros sois los confesores, sed misericordiosos con las almas, ellas necesitan de vuestra misericordia”. Pidió que se abriera la Basílica al público porque él venía como un peregrino más, esta vez los miembros de la seguridad no le dieron gusto. Después de salir de la Basílica le pidió al chofer que se desviara hacia la Via della Scrofa, donde está situada la Casa del Clero de Roma, que fue su lugar de hospedaje hasta antes de iniciar el Cónclave para pagar la cuenta y recoger el equipaje que había dejado allí.
Muchos gestos en poco tiempo que están dando una idea del tipo de Pontificado que Francisco quiere ejercer. El nombre que ha elegido es una elección por la pobreza, la humildad, el servicio y el alejamiento de posturas de poder. Gestos que alguien podría percibir como hechos de cara a la galería. Nada más lejos de la realidad si miramos su vida como arzobispo de Buenos Aires. Porque esta ha sido su postura y comportamiento, siempre cercano a los pobres y en actitud de permanente servicio, viviendo en austeridad. Siempre ha huido de todo lo que le puede separar del pueblo. Sus traslados los hacía en metro y autobús.
Yo mismo fui testigo, pues un día que celebró en la parroquia de Santa María de Betania; al final le ofrecimos llevarlo en coche y con mucha caridad nos dijo que él acostumbraba a viajar en el “subte”, que así se llama el metro en Buenos Aires. Su casa no era ningún palacio episcopal, sino un departamento del segundo piso de la Curia donde vivía solo, preparándose él mismo la cena. No aceptaba invitaciones a restaurantes, por el contrario cuando debía comer fuera de su casa lo hacía en comedores populares.
En su primera homilía, en la Misa con los Cardenales, en italiano que no en latín, dijo algo muy fuerte y claro: “Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor”.
En pocos días, el papa Francisco nos ha mostrado cuál será, o mejor aún, seguirá siendo su estilo; y cómo deberemos los católicos asumir nuestra vocación personal, seamos laicos, personas consagradas, sacerdotes u obispos: en pobreza, con caridad, siendo misericordiosos y humildes, apartados de lo mundano, unidos a Jesús y cargando su cruz. Porque como dijo también en la misma homilía: “Cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad del diablo, la mundanidad del demonio”.
También he sabido que ya tuvo su primera comunicación con el nuncio en la Argentina, Monseñor Emil Paul Tscherrig para decirle que a través de una carta pida a los fieles, sacerdotes y obispos argentinos que no vengan a Roma el próximo 19 a la Misa de inauguración del Pontificado; que más bien hagan con ese dinero obras de caridad. Lo mismo pidió cuando vino para ser creado cardenal por el beato Juan Pablo II.
Ayer mismo, caminaba yo cerca del Vaticano, y me encontré con un amigo, un alto cargo en un Consejo Pontificio:
-¿Qué tal Monseñor, estamos contentos con nuestro nuevo Papa?
-¿Contentos? no, ¡contentísimos!, la Iglesia se apresta para un cambio profundo.
Es sorprendente cómo el Señor mantiene su promesa y siempre elige el hombre que necesita su Iglesia. Algunos, en estos días pasados, me comentaban preocupados que era muy difícil, casi imposible, tener un Papa igual o mejor que el Beato Juan Pablo II o que Benedicto XVI, cada uno en su particularidad. Yo siempre les respondía que si el refrán dice que “toda comparación es odiosa” aquí alcanzaba su máximo exponente, porque afirmar eso era casi una blasfemia, una herejía, pues era poner en duda el poder infinito de Jesucristo y el amor igualmente infinito por su Iglesia. Los hechos me han vuelto a dar la razón. No creo que nadie, que piense cabalmente, me vuelva poner esa objeción.
He querido transmitir estos sentimientos, estas sensaciones que he tenido la gracia de vivir en propia persona por si acaso a alguno le ayuda y como un deber de comunicar estos dones de Dios que nunca son para que nos los quedemos nosotros, sino para participarlos a todos.
Un abrazo a todos desde la Ciudad Eterna. ¡Viva el Papa! ¡Viva Francisco!
(Roma 15 de marzo de 2013)

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