22 de abril de 2012

El Cristo Sonriente

Autor: Robinson García

Los evangelios han recogido consigo un gran tesoro para toda la Iglesia, pues muestran la vida de Cristo y muchos detalles que nos permiten hacer una composición de lugar y conocerlo mejor y así poder amarlo más.

En ellos podemos ver a Cristo que siente compasión de la muchedumbre que tenía hambre y que estaba como ovejas sin pastor. Lo contemplamos llorando ante la muerte de su amigo Lázaro, o triste y preocupado de cara a su pasión y muerte. Lo encontramos enojado expulsando a los mercaderes del templo…

En definitiva, contemplamos a Cristo en muchos aspectos de su vida pero jamás el Evangelio nos habla de que Jesús tenía una sonrisa dibujada en los labios. ¿Por qué? ¿Será que Cristo nunca sonreía?

En realidad, se puede afirmar aquí que no es que Cristo nunca sonreía, es más se puede afirmar que Cristo siempre sonreía, de lo contrario no se podría explicar por qué los niños acudían a él, por qué las multitudes lo escuchaban complacidas, o por qué tantos jóvenes desde Andrés y Felipe hasta nuestros días se han entusiasmado con Él hasta el punto de entregarle toda la vida.

Entonces, ¿por qué los evangelios no lo mencionan explícitamente? Es natural que el hombre siempre esté buscando la novedad pues de hecho llama bastante la atención y es lo que más vende en los medios de comunicación actual; hasta cierto punto los discípulos, en especial los evangelistas, también trataron de dejar aquello que más era relevante desde su punto de vista. Por eso solo han escrito y grabado en la historia y en la memoria aquellos momentos fuertes que opacaron aquella sonrisa habitual que estaban acostumbrados a observar en su Maestro.

Esta sonrisa que Cristo mantenía y que de la que ya hemos hablado es la que Cristo nos quiere transmitir en esta Pascua. Y no sólo la quiere transmitir sino también contagiar, para que nuestra alegría sea perfecta  pues se basa en Él, en el Hijo de Dios que se ha hecho carne y que murió por mí pero que ahora ha resucitado.

Su alegría llena de sentido también nuestra vida, empuja a agradecer y a contagiarla a todos los que nos rodean porque se funda no en sentimientos sino en una certeza de que seguimos  una persona viva, que ha muerto y también ha resucitado. Como dice san Pablo: “Si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe”. Por eso nos alegramos en el Señor que nos ama. Y que nadie nos podrá separar de su amor, fuente de nuestra alegría.

1 comentario:

Anónimo dijo...

esta muy bonito e interesante la lectura de verdad
me interesa muchísimo seguir leyendo sus mensajes, muchas gracias espero que no se canse de escribir textos tan importantes, para las personas que lo quieran poner en practica.