Autor: Fernando Pascual
Los sistemas democráticos,
como tantas otras realidades humanas, pueden quedar dañados por el pecado y
necesitan de conversión.
Esto vale a todos los niveles:
para los votantes, para los encargados de velar por el recto funcionamiento de
las elecciones, para los elegidos en los parlamentos, para las autoridades.
Vale para los votantes: tienen
el deber de buscar, con su voto, el bien común y la justicia. Si se dejan
llevar por intereses egoístas, o por el odio y la sed de venganza, sus votos
estarán heridos por el mal.
El votante honesto y
convertido deja a un lado sus avaricias y rencores, se purifica de su
ignorancia culpable, y estudia seriamente, antes de votar, qué candidatos
pueden promover la concordia y el bienestar sociales.
Vale para los que trabajan en
las mesas electorales, los que contabilizan los votos, y también para quienes
establecen leyes y reglamentos para las elecciones.