Después de que Benedicto XVI anunciara el pasado 11 de febrero su renuncia como sucesor de San Pedro, han comenzado a llover por doquier listas de cardenales “papables” que podrían venir a ocupar la silla del Vicario de Cristo. Entre los muchos artículos de opinión que abarrotan la prensa sobre esta cuestión, destacan aquellos que hablan de la necesidad de un Papa más “liberal” y “abierto”, en contraposición al ultra-conservadurismo que, según ellos, ejerció el Pontífice saliente.
En temas como el celibato sacerdotal, la ordenación de mujeres, el aborto, la eutanasia, etc., Benedicto XVI pasó a ser para muchos la cara de una Iglesia que no quiere “progresar”. Pero el Espíritu Santo ha sido más inteligente que muchos de estos librepensadores, pues ha hecho comprender a toda la Iglesia, al Papa de hoy y lo hará entender al Papa de mañana, que progresar no significa moverse en una dirección sino más bien moverse en la dirección correcta; que progresar no significa ser esclavo de la moda sino ante todo nadar contracorriente: solo algo vivo puede ir contracorriente, y esta es la mejor prueba de que la Iglesia, su misión y sus Pastores, están vivos.





